66. Desierto de Mangystan

7100 km . desierto Mangystan

Cargado con ocho litros de agua y sin saber muy bien lo que me espera me adentro en el desierto de Kazajistán. La carretera es pésima y tengo que ir sorteando los agujeros en la calzada. A los 60 km de Aktau hay una gran depresión del terreno. La primera noche acampo a -113 metros en medio de la nada. A partir de las diez de la noche no pasan coches por la carretera. El silencio sólo lo interrumpen extraños ruidos de animales y el cielo está plagado de estrellas.
Los dos días posteriores me encuentro de todo, desde carretera sin asfaltar hasta vías nuevas. Los paisajes son excepcionales. A pesar de ser desérticos van cambiando la geografía y la flora. El calor empieza a apretar. Los cláxones de los camiones me aturden mientras intento mantener el equilibrio entre las nubes de polvo que se forman cuando me adelantan.
Cuando llego a algún pueblo los kazajos se muestran curiosos y piden que les fotografíe. Las calles están invadidas por la arena y tan sólo existen los negocios más fundamentales. Camellos y caballos campan a sus anchas por inmensas extensiones de terreno.
Al cuarto día habiendo cruzado ya la mitad del desierto rompo el eje de los piñones de la bici al afrontar una pendiente. Los piñones se mueven adelante y atrás y eso hace que yo pueda pedalear pero la bici no avance. No hay tracción y no tengo herramientas ni conocimientos para arreglarlo. Estoy a 200 km de Beyneu, el próximo pueblo y a 250 km de Aktau.
Me siento a valorar las opciones. Hace calor. Poco puedo hacer, acabaré de subir hasta la cima arrastando la bici, disfrutaré la bajada y luego intentaré parar a un camión. Mi gozo en un puzo, no todo lo que sube baja pero la suerte me sonríe cuando un coche para al verme arrastrar la bici se presta a ayudarme. Para a un Lada 4×4 y cargamos la bici. El conductor tiene unos 60 años y no habla ni papa de inglés. Me deja en un bar de carretera a unos 100 km. Canto como una almeja y eso me ayuda a encontrar a alguien que me acerque a Beyneu.
Sentado en el asiento de la furgoneta después de tanto traqueteo me invade un dulce sueño contra el que trato de luchar dando cabezazos al aire. Qué diferente se ve el desierto sentado en un coche con aire acondicionado y música de fondo. Sin preocuparse del agua, la comida, el viento, la calor, la carretera, el cansancio… Sinceramente prefiero la bicicleta.

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