70. Uzbekistán

7820 km . Nukus . Khiva

Pongo rumbo a Khiva. Nuevamente en el desierto. Están construyendo una carretera nueva paralela y circulo solo. Esta vez el terreno tiene desniveles con pendientes suaves. Son rectas interminables, me paso tres días pedaleando en la misma dirección. Hace mucha calor, rondamos los 40 grados.
La primera noche duermo en casa de una familia de uzbecos. Al parar a pedirles agua me invitaron a quedarme. Es una casa tradicional de una planta, rectangular y hecha con paja y barro. Viven dos hermanos con sus respectivas mujeres e hijos. Mientras los hombres estamos cenando las mujeres sirven la mesa y recogen. Sin embargo por la mañana el desayuno lo tomamos juntos. Por cierto, no entendí a que hora debía despertarme y a las seis estaban todos esperándome para desayunar. Comimos plov con carne de sus corderos y zanahorias de su huerto, leche de sus vacas, huevos de sus gallinas, agua de su pozo y pan hecho por ellas. Uno de los matrimonios eran los dos profesores, de historia y educación física. Al nadie hablar inglés no logré entender a qué se dedicaban los demás.
Al segundo día, experimento lo que es entrar en un oasis después de siete horas de pedaleo bajo un sol diabólico y en el desierto. Sin previo aviso todo es verde, el aire más fresco y húmedo, hay canales con agua y árboles que dan sombra. Y gente, muchas casas y campos de cultivo. Menudo subidón. Un cambio drástico en cuestión de metros. Hay casetas sin paredes para dar sombra a los campesinos. Doy con una que tiene una cama de hierro del año de la pera y duermo en ella.
A los pocos kms de Khiva paro a comer Cumca, una empanada con carne y cebolla que cocinan en unos hornos artesanales. Luego gozo de un baño en un río de agua marrón con unos niños que habían por ahí. Y mientras fotografío una casa típica uzbeca, su dueña me invita a pasar, me dan comida, agua, me presentan a la familia vecina, y acabo pescando sin mucho éxito con el hermano mayor en un río.
Con tantas pausas en la jornada anochece y aún no he entrado en la ciudad. A las afueras hay un gran lago y decenas de ranas que me cantan una serenata toda la noche hasta que consigo conciliar el sueño. De madrugada unos pescadores me ven y sin demasiado sentido común me despiertan dando voces y iluminándome con la linterna. Intercambio pocas palabras y me doy la vuelta para seguir durmiendo. 2015-05-29_17.02.132015-06-05_22.53.542015-06-05_22.58.462015-06-05_22.52.202015-06-05_22.51.302015-06-05_22.49.482015-06-05_22.41.482015-06-05_22.45.16

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