61. La excursión

6670 km Bayramli – Semkir – Ganca – Ucar – Sirgirli – Pirsaat – Alat
Desde que entré en Azerbaiyán una cordillera va en paralelo a la carretera. Aunque puedo verla está lejos. Según el mapa no hay acceso posible para poder aproximarme pero si que existen caminos de tierra que van en esa dirección. El día es soleado y caluroso. Sigo mi instinto y me aventuro por un camino en dirección a esas misteriosas montañas. Paso por colinas sin árboles que me desvían del rumbo pero siempre con la cordillera a la vista. Los caminos se bifurcan y voy escogiendo a la tuntún. Me cruzo con pastores que tiene a decenas de ovejas a su cargo. Al cabo de una hora y estando ya bastante perdido pincho la rueda trasera. Resulta un problema mayor porque se ha desgarrado la goma del pneumático por el lateral y no tengo recambio. Pruebo de hacer un apaño con cinta americana. El invento dura unos pocos minutos y vuelvo a pinchar la rueda. Sin constancia de pueblos o aldeas cerca me pongo a arrastar la bici. Qué calor. Voy en manga corta y short y me estoy asando. La cordillera tiene el sol encima. Son las tres de la tarde. Tengo comida y agua asi que no estoy preocupado. A la hora encuentro una aldea. Varios jóvenes se acercan y les pregunto por un mecánico. Dudo que haya ninguno a varios kilómetros a la redonda. Cada uno dice la suya y no se ponen de acuerdo. Les doy las gracias y sigo adelante arrastrando con cuidado los cincuenta kilos de bici. No hablan inglés y yo no se ruso ni azerí. Recorro las calles sin asfaltar del pueblo cuando un coche se para a mi lado. Le digo palabras en turco e inglés «velocipeti, burda, mecanic, problem…» El chico me sonríe y me pide que le acompañe. Me lleva a su casa y mientras intento entenderme con su padre y hermano se marcha. Al rato vuelve con un pneumático. Por ese entonces ya somos unas diez personas. Dos muchachos se ofrecen a montar la rueda mientras una mujer me da un plato con comida caliente y un té. Nadie habla inglés y todo el mundo sonríe. Cuando me dispongo a irme no me quieren cobrar, ni tan siquiera el pneumático. Es más, me dan una bolsa llena de comida y me piden que les haga fotos con mi cámara. Les señalo la cordillera a la que quiero llegar y me acompañan un tramo con el coche. Recuperado, con las reservas llenas y la bicicleta a punto prosigo el camino. Cada vez estoy más cerca. Hasta que me doy cuenta que lo que me parecía una cordillera en realidad es un enorme y alargado barranco que se extiende de este a oeste hasta donde me alcanza la vista. A las seis de la tarde me topo con un río que me obstaculiza el paso. Es un lugar tranquilo. Hace unas dos horas que no veo a nadie. No hay casas alrededor. Monto la tienda y mientras cae el sol me meto en el saco.
Por la mañana no quiero deshacer camino y pruebo suerte siguiendo nuevos senderos. Sin saber muy bien cómo acabo en el mismo pueblo. Al verme avisan a la familia de ayer que acude a mi encuentro. Me invitan a comer en su casa y llaman a una vecina que chapurrea inglés. Antes de marcharme me dice que pase por el súper del pueblo para despedirme del padre de familia. Asi lo hago. Este al verme me dice que coja todo lo que quiera. Ante mi negativa, me llena dos bolsas con comida y bebida que luego intento guardar en la pobre bici.




Con la barriga llena y una sonrisa de oreja a oreja sigo adelante. Encuentro la carretera principal. La he de seguir a lo largo de unos 500 km hasta Baku. Hay bastante tránsito pero el arcén es espacioso. El paisaje es desértico. Las rectas nunca acaban. El reflejo del sol sobre el asfalto crea ilusiones ópticas dando la sensación que a lo lejos hay un lago o el mar. Se puede acampar en cualquier parte. Muchos venden fruta, hortalizas, gallinas, pescado, etc en los laterales de la carretera. No hay internet en ningún sitio. Pasan cuatro días y la mañana de quinto me despierta el estruendo del techo de la mezquita en la que estoy durmiendo. La última jornada antes de Baku es especialmente dura por el fuerte viento de caras. El aire levanta nubes de arena que invaden la carretera dejándome a mi y a los conductores sin visibilidad en pleno día. Hago un esfuerzo enorme con tal de mantener el equilibrio y seguir una linia recta. Entrando en el pueblo de Alat oigo una explosión. El pneumático nuevo ha sufrido la misma suerte. Era de esperar puesto que la calidad no era suficiente para tanto peso. Arrastro la bici y un muchacho me dice que pregunte en una tienda de alimentos. Alli mismo me lo cambian y me indican como llegar a los volcanes de barro.



















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