58. Toma de contacto

5550 km – Poti – Senaki – Kutaisi –
Poti tiene el mayor puerto marítimo de todo el país. Decenas de caminones forman largas colas para cruzar el mar Negro en dirección a Rusia. Mientras las grúas del puerto descargan las mercancías de los barcos estacionados. Es un pueblo sin ningún atractivo turístico pero voy a ver a Demetre. Es amigo de un chico que conozco en Barcelona y habla inglés. Como se retrasa a la cita voy a dar una vuelta. Lo más significativo a parte del puerto es una enorme y recién estrenada iglesia. Muchas calles están sin asfaltar y la mayoría son casas de dos plantas con porche y unas escaleras que para acceder a la entrada en la segunda planta. Tienen un aspecto muy señorial a la par que viejuno y olvidado. Con unas pocas horas de retraso llega Demetre y su primo. En un Mercedes del 99 con cristales oscurecidos, grandes llantas, y unas luces de neón azul que iluminan el suelo del auto. Me dice que el coche es de un trabajador suyo. Demetre es de estatura media y complexión endomorfo. La parrilla frontal del coche está fuera de sitio, se le ha cruzado un perro en el camino y no ha podido esquivarlo. Es un tipo muy serio. Saco varios tema de conversación, trato de buscar puntos en común y no me da cancha. Ni una sonrisa y de vez en cuando mientras le hablo se pone a mirar el teléfono. Me tiene fuera de juego con esa actitud arrogante. Su primo es más sociable aunque el inglés no sea su fuerte. Al acabar de cenar, sin mediar palabra Demetre se levanta de la mesa y se va fuera a fumar. Previamente le ha dado un sobre a su primo que me pregunta si quiero café. Ante la negativa va directo a la caja. Estoy invitado, ni el camarero acepta mi dinero. Es obra de Demetre, al cual le doy las gracias al salir. Por lo que tenía entendido iba a dormir en su casa pero me llevan a un hotel en el cual ya me han reservado habitación. Al despedirnos Demetre le hace un gesto al primo y éste me mete el sobre en el bolsillo de la chaqueta mientras me dice: -no open, no open-. En la habitación lo abro y contiene un billete de 100 laris, unos 40 euros. En principio pienso que es para pagar el hotel pero a la mañana siguiente la recepcionista dice estar todo pagado. Entonces escribo a Demetre para preguntarle el por qué y me contesta que era para el desayuno. Ha sido todo muy extraño.
Dejo el mar a mis espaldas y sumo quilómetros. Lamentablemente la conducción en este país es la más peligrosa que he visto hasta el momento. No sólo en este viaje, en toda mi vida. Son pocos los que se preocupan de respetar una distancia mínima al adelantarme y la mayoría va a toda pastilla con coches de dudosa fiabilidad. Sería una estupidez tomárselo como un tema personal cuando ante mis ojos puedo ver en varias ocasiones dobles adelantamientos de coches en sentidos contrarios, lo que implica cuatro coches en batería en una calzada para dos. Aún así no puedo aguantarme algún improperio cuando me hacen temer por mi integridad. Al atardecer encuentro un maravilloso lugar donde acampar. Un gran campo verde, sin piedras y con hierba que me llega al tobillo. El resto de la tarde y la noche pasan tranquilas, contrastando con el día en la carretera. Por la mañana al asomar la cabeza fuera de la tienda tengo a unos caballos pastando alrededor de la tienda que al verme salen corriendo.
A 70 km está Kutaisi, la segunda ciudad más grande de Georgia y de gran importancia en el régimen comunista. A las afueras de la urbe hay un río y un frondoso bosque donde monto campamento. Aprovecho y visito la ciudad que exceptuando la plaza central y calles contiguas, el resto es igual que los pueblos que he ido cruzando pero con mucha más extensión. La segunda noche acampado se levanta un viento estremecedor que hace tambalear la tienda y las simpáticas ranas del río me deleitan con un concierto nocturno, benditos tapones de oídos!















Eso es un bidón de agua para la bici y lo demás son tonterías Paxi!!