59. Las perlas de Georgia

5900 km – Zestafoni – Sakarsia – Agara – Perma – Mtskheta – Tbilisi
Los cinco días siguientes recorro la carretera general de Georgia, acampando cada atardecer en campos, bosques y colinas. Me empapo del pueblo georgiano al cruzar pequeñas aldeas, entrar en antiquísimas iglesias y comprar en sus mercados. En estos días no conozco a nadie con el que cominicarme en una lengua que ambos conozcamos, todo es mediante gestos, muecas y sonrisas. Las vacas, caballos, burros, cerdos,ovejas, patos y gallinas son una constante. Suelen estar cerca de la carretera pastando sin que nadie los controle pero no suponen un problema, los conductores están acostumbrados encontrárselos en medio de la calzada. Debido al desconocimiento todo me parece ir muy rápido en los pueblos, aún asi logro comprar unos utensilios para cocinar decentes y a un precio de risa. El tiempo va a peor y el último día me he de refugiar de una tromba de agua bajo una cabaña de madera sin paderes, donde monto la tienda para pasar la noche.
A la mañana siguiente después de pedalear unos pocos quilómetros llego a Mtskheta y quedo anonadado de la belleza del pequeño pueblo. Con razón es patrimonio de la humanidad por la Unesco. Iglesias y catedrales también incluidas en la famosa lista se alzan en el poblado con calles empedradas rodeada de montañas y delimitada por ríos. Hago noche en casa de una anciana que alquila habitaciones por algo menos de diez euros en la plaza del pueblo con vistas a la catedral de Svetitsjoveli, donde tengo la fortuna de presenciar la visita de la máxima autoridad en la iglesia ortodoxa, un anciano octogenario. Tras mucho revuelo llega un coche de alta gama seguido por otros dos todoterreno a la puerta principal de la catedral. Me sorprende el dispendio entre guardaespaldas y coches de lujo para una ceremonia de una media hora. Hay gente de todas las edades. El poder de la iglesia en este país es más que evidente. A lo largo y ancho del país me he cansado de ver a mayores y jóvenes santiguándose y arrodillándose por el sólo echo de pasar por delante de un lugar sagrado en señal de respeto, obediencia y fe.
En Tbilisi tramito el visado para Azerbayán ya que me encuentro a menos de cien quilómetros de la frontera. Se nota que estoy en la capital. Edificios nuevos que parecen esculturas crean controversia. En lo alto, un antiguo castillo y su muralla. Puentes de diferentes épocas cruzan el río Kurá. Me recuerda a Batumi y sin duda no tiene nada que ver con el resto de Georgia, mucho más rural y humilde. Haciendo tiempo mientras el visado se formaliza conozco a unos españoles que trabajan en Suiza y están de vacaciones. Que alivio poder hablar cara a cara con fluidez, son los primeros españoles que conozco en este viaje.
Con el visado listo subo a la bicicleta y tomo la carretera equivocada. No es un error grave. Son unos 20 quilómetros de más por unas colinas. Una leve cortina de agua lo cubre todo y el verde de los campos se intensifica. Paro a tomar fotografías del valle que queda a mis pies y una extraña piedra blanca llama mi atención. Tiene algo diferente, el color, el tamaño y la aparente textura. No es una piedra, es un calavera humana. La dejo sobre una señal de tráfico por si a alguien se le ha perdido.
A escasos quilómetros de la frontera paro en un bar para entrar en calor. Me parece insólito que tengan wifi y no me cobran el te. Hoy no entro a Azerbayán, diviso un merendero a lo lejos y voy campo atraves hasta llegar a él. Estoy resguardado del chiribiri que cae y el pastor no vendrá hasta mañana.

















holaaaa vaya como sigues, que bien que ya te acercas a paises
bien diferentes aqui seguimos contigo disfrutando toda tu aventura
si yo fuera mas joven me iria contigo jeje aunque fuese en sidecar.
adelante y un besazo
Ser o no ser, he aquí la cuestión.