6750 km
Baku dista mucho del resto Azerbaiyán. Modernas construcciones faraónicas, automóviles de alta gama y tiendas de lujo. Sin embargo en el resto del país cuesta encontrar pueblos asfaltados. Según algunos azerís esta brecha es el legado comunista unido a una clase política corrupta. En su actual y presunta democracia el presidente es hijo del último gobernante y no hay más partidos políticos que le hagan frente. El petróleo emana del suelo y éste es propiedad del estado. A pesar de eso la mayoría del pueblo azerí se siente orgulloso de su presidente y de su capital.
Los visados para Kazahastán y Uzbekistán se demoran una semana. Tengo la fortuna de conocer a Tiffany y Quique. Ella es americana, profesora de guardería y excelente cocinera. El es valenciano, profesor de español y excelente catador de recetas. Mientras espero las visas descansado en su casa me informo cómo cruzar el Caspio. Mejor dicho, cómo diablos cruzar el Caspio. No hay fuentes oficiales. No existen horarios. Hay que esperar que un barco de carga llegue al puerto. Pueden pasar entre cinco días y dos semanas. Cada mañana debes llamar a el puerto, cruzar los dedos para que te descuelgue Vika que habla inglés y preguntar si hay barco. Mejor hacerlo dos o tres veces porque las informaciones nunca son fiables al cien por cien. Al tener el Ok debes ir al puerto a las afueras de Baku y pagar el ticket. Si eres afortunado el barco saldrá de ahí mismo, de lo contrario tienes que ir a Alat, a 70 kilómetros al sur.
Tras intentarlo dos días sin éxito una estudiante de Quique se presta a llamar, al hablar azerí todo parece simplificarse. Anotan su número de teléfono y la avisarán con seis o siete horas de antelación. Pasan los días y no hay llamada. Ya hace dos semanas que llegué y mi visa en Azerbaiyán caducará si no salgo pronto del país. Para tenerlo todo más atado voy a las oficinas del puerto en autobús. A las a fueras de Baku están los astilleros. Nada hace pensar que en esa caseta amarillenta con una puerta metálica gris se vendan los billetes del ferry. Al fin le pongo cara a Vika. La conversación que tenemos es algo así: yo «Ferry to Aktau?» Vika «if you can be here in one hour, yes». Una hora para ir a por la bici y volver. En bus he tardado 45 minutos. Subo a un taxi y negocio con prisas el precio. De camino pienso en la llamada que no he recibido para avisarme con antelación de la llegada de este ferry. A la hora y cuarto estoy de nuevo en los astilleros, esta vez con todo mi equipaje. Un agente de aduanas me chequea el pasaporte y ladeando la  cabeza dice «problem». Acudimos a Vika para que haga de intérprete. Está colgada al teléfono unos larguísimos minutos. Lo que el agente quiere decirme es que no me registré en ningún hotel de Azerbaiyán y la sanción es de 300 dólares. Si no pago me vetarán la entrada durante los dos años siguientes. «Que hi farem». Pero el trámite burocrático me lo harán en Baku centro y el barco está a punto de zarpar. De nuevo en un taxi, a toda pastilla, con la incertidumbre si todo este cirio servirá para algo. A la hora bajo corriendo del taxi, cruzo la oficina y le doy al agente el papel oficial necesario para salir del país. Por fin. El barco es el ……… y hay una cola de camiones esperando a embarcar. También seis viajeros de diferentes países europeos. Algunos llevan días esperando en el puerto. Al escuchar eso me siento muy  afortunado a pesar del intenso día. Una pareja de suecos de unos sesenta años viaja en un todoterreno convertido en caravana, otra joven pareja también de Suecia igual lo hacen en coche. Hay un francés motorista y un inglés, el más loco de todos que como no, viaja en bicicleta.

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6690 km Alat

Charlando con los hombres del súper me recomiendan que vaya a los volcanes de barro en la costa de Alat. Tengo que retroceder varios kilómetros y ahora el viento está a mi espalda. La señal para girar hacia el este es una gasolinera. La encuentro y a partir de ahi no se nada más. El camino hace zigazagas y yo no veo ningún volcán. Al fondo está el mar Caspio. El viento rompe las crestas de las olas que se forman mar adentro. Una antigua instalación eléctrica compuesta por gigantes postes oxidados entra en el Caspio hasta donde alcanza la vista. Tiempo atrás debió ser la fuente energética de alguna refinería. En tierra las excavadoras y camiones se apoderan de material para la construcción dejando centenares de montículos de arena. Es un lugar misterioso. Pregunto a un camionero por los volcanes haciendo mímica. Me señala un monte a unos cinco kilómetros. La meta la tengo a la vista pero los caminos son engañosos. Muchos acaban en un montón de arena. Otros se desvían a la costa o me alejan del monte. Trazar una línea recta no es posible. Los centenares de montículos están bañados por arena de playa que el viento trae y la ruedas de la bicicleta no giran sobre esa superficie. Es un laberinto. Además no tengo claro que aquí hayan volcanes de barro. No hay ninguna indicación. Qobustan es el lugar conocido por los volcanes de barro pero los locales me han recomendado encarecidamente este otro lugar, ¿nos habremos entendido? Desde luego que sí. Mientras subo la colina veo pequeños montículos en su cima. Esta vez no son artificiales. En la cumbre me siento como un marciano. Parece que esté en la Luna. Tras miles de años los restos de sus erupciones lo han cubierto todo. No hay vida bajo el barro solidificado. Canales de barro fresco, oscuro, recién salido del cráter, recorren el sendero colina abajo. Contrastan con el gris claro que invade todo. Desde la cima la panorámica es sensacional. Hay decenas de cráteres de diferentes diámetros. La mayoría tienen actividad, salen burbujas e incluso hay uno que lanza el barro a un metro de distancia. La batería de la cámara se me acaba así que tomo mis últimas fotos. Entre volcanes de barro y me preparo para pasar la noche. Sin contaminación lumínica el cielo muestra todas sus estrellas.

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6670 km  Bayramli – Semkir – Ganca – Ucar – Sirgirli – Pirsaat – Alat

Desde que entré en Azerbaiyán una cordillera va en paralelo a la carretera. Aunque puedo verla está lejos. Según el mapa no hay acceso posible para poder aproximarme pero si que existen caminos de tierra que van en esa dirección. El día es soleado y caluroso. Sigo mi instinto y me aventuro por un camino en dirección a esas misteriosas montañas. Paso por colinas sin árboles que me desvían del rumbo pero siempre con la cordillera a la vista. Los caminos se bifurcan y voy escogiendo a la tuntún. Me cruzo con pastores que tiene a decenas de ovejas a su cargo. Al cabo de una hora y estando ya bastante perdido pincho la rueda trasera. Resulta un problema mayor porque se ha desgarrado la goma del pneumático por el lateral y no tengo recambio. Pruebo de hacer un apaño con cinta americana. El invento dura unos pocos minutos y vuelvo a pinchar la rueda. Sin constancia de pueblos o aldeas cerca me pongo a arrastar la bici. Qué calor. Voy en manga corta y short y me estoy asando. La cordillera tiene el sol encima. Son las tres de la tarde. Tengo comida y agua asi que no estoy preocupado. A la hora encuentro una aldea. Varios jóvenes se acercan y les pregunto por un mecánico. Dudo que haya ninguno a varios kilómetros a la redonda. Cada uno dice la suya y no se ponen de acuerdo. Les doy las gracias y sigo adelante arrastrando con cuidado los cincuenta kilos de bici. No hablan inglés y yo no se ruso ni azerí. Recorro las calles sin asfaltar del pueblo cuando un coche se para a mi lado. Le digo palabras en turco e inglés «velocipeti, burda, mecanic, problem…» El chico me sonríe y me pide que le acompañe. Me lleva a su casa y mientras intento entenderme con su padre y hermano se marcha. Al rato vuelve con un pneumático. Por ese entonces ya somos unas diez personas. Dos muchachos se ofrecen a montar la rueda mientras una mujer me da un plato con comida caliente y un té. Nadie habla inglés y todo el mundo sonríe. Cuando me dispongo a irme no me quieren cobrar, ni tan siquiera el pneumático. Es más, me dan una bolsa llena de comida y me piden que les haga fotos con mi cámara. Les señalo la cordillera a la que quiero llegar y me acompañan un tramo con el coche. Recuperado, con las reservas llenas y la bicicleta a punto prosigo el camino. Cada vez estoy más cerca. Hasta que me doy cuenta que lo que me parecía una cordillera en realidad es un enorme y alargado barranco que se extiende de este a oeste hasta donde me alcanza la vista. A las seis de la tarde me topo con un río que me obstaculiza el paso. Es un lugar tranquilo. Hace unas dos horas que no veo a nadie. No hay casas alrededor. Monto la tienda y mientras cae el sol me meto en el saco.

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Por la mañana no quiero deshacer camino y pruebo suerte siguiendo nuevos senderos. Sin saber muy bien cómo acabo en el mismo pueblo. Al verme avisan a la familia de ayer que acude  a mi encuentro. Me invitan a comer en su casa y llaman a una vecina que chapurrea inglés. Antes de marcharme me dice que pase por el súper del pueblo para despedirme del padre de familia. Asi lo hago. Este al verme me dice que coja todo lo que quiera. Ante mi negativa, me llena dos bolsas con comida y bebida que luego intento guardar en la pobre bici.
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Con la barriga llena y una sonrisa de oreja a oreja sigo adelante. Encuentro la carretera principal. La he de seguir a lo largo de unos 500 km hasta Baku. Hay bastante tránsito pero el arcén es espacioso. El paisaje es desértico. Las rectas nunca acaban. El reflejo del sol sobre el asfalto crea ilusiones ópticas dando la sensación que a lo lejos hay un lago o el mar. Se puede acampar en cualquier parte. Muchos venden fruta, hortalizas, gallinas, pescado, etc en los laterales de la carretera. No hay internet en ningún sitio. Pasan cuatro días y la mañana de quinto me despierta el estruendo del techo de la mezquita en la que estoy durmiendo. La última jornada antes de Baku es especialmente dura por el fuerte viento de caras. El aire levanta nubes de arena que invaden la carretera dejándome a mi y a los conductores sin visibilidad en pleno día. Hago un esfuerzo enorme con tal de mantener el equilibrio y seguir una linia recta. Entrando en el pueblo de Alat oigo una explosión. El pneumático nuevo ha sufrido la misma suerte. Era de esperar puesto que la calidad no era suficiente para tanto peso. Arrastro la bici y un muchacho me dice que pregunte en una tienda de alimentos. Alli mismo me lo cambian y me indican como llegar a los volcanes de barro.

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