7590 km . Nukus

Las carreteras de Uzbekistán han acabado lo que las de Kazajastán empezaron. La bicicleta hace zigzags y el manillar tiembla. Tengo seis radios rotos en la rueda trasera y la llanta agujereada en tres puntos. Demasiada tralla. Ante la imposibilidad de continuar paro a un camión uzbeco. Madi es el conductor, fue guía turístico en Samarkand y habla inglés. Amarramos la bici en la panza del camión. Pobrecita, cada vez le estoy cogiendo más cariño. Cuatro días pedaleando por el desierto dejan a uno bastante tocado. Madi me sugiere que duerma un poco en la litera del camión y así lo hago. Antes de llegar a Nukus paramos a comer. De nuevo no quieren que pague nada. Por unos 2 euros tienes plato principal, pan uzbeko y bebida o té. Los restaurantes y casas tienen nidos de golondrinas y otras aves en su interior, así mantienen a ralla a los insectos y ahuyentan a las serpientes.
Me bajo del camión a las afueras de Nukus y allí conozco a Sherot, un joven uzbeco de Bukhara amante de Michael Jackson y que sueña con trabajar en EEUU. Está acompañando a su hermano que es camionero. Sherot habla inglés con un accento americano nativo extraordinario de tantas veces que ha escuchado los audio cursos en su mp3. Sin embargo la comprensión la tiene mucho más desentrenada. Tomamos un taxi, parando el primer coche que vemos. Hay pocos taxis oficiales, la inmensa mayoría es gente normal que si le va bien acercarte además se saca un dinero extra. En Nukus no hay tienda de bicicletas pero en el bazar arreglan de todo. Después de estar cinco horas de acá para allá tengo una llanta trasera nueva, con más radios, tan sólo 4 piñones y de dudosa calidad. Por suerte he pagado precio local gracias a Sherot, unos 15 euros.
Es el tercer día en Uzbekistán y por normativa legal debo realizar el primer registro en un hotel pero los pocos que encuentro son solamente para locales, lo que implica que no me constaría el registro oficial. El taxista no tiene ni idea y Sherot no es de esta ciudad. Conseguimos un número de teléfono de un hotel donde supuestamente sí me pondrían el sello y me piden la friolera de 70 dólares. Decido pasar la noche con Sherot, su hermano y otros conductores en el párking de camiones donde comemos Plov y duermo en las literas de un camión.2015-05-27_08.03.012015-05-26_22.15.312015-06-05_22.33.282015-06-05_22.37.18

7570 km . beyneu . karakalpakiya . desierto uzbeco

Mañana entrará en vigor mi visado para Uzbekistán. Me despido de Culviek y marcho rumbo la frontera. Nuevamente en terreno desértico y con una carretera pésima. Una verdadera batalla tratando de seguir la senda que dejan los camiones para evitar tanto trote. El asfalto desaparece por completo y hay varios caminos de tierra que van en la misma dirección. Escoger el mejor es cuestión del azar. Paso la noche a  pocos km de la frontera. Por la mañana una manada de caballos me despierta pastando a pocos metros de la tienda.
El puesto fronterizo está en medio de la nada. Camiones y viejos coches cargados hasta los topes hacen cola. Al verme llegar los guardias de muestran simpáticos y me hacen pasar delante de la larga cola. El control de equipaje es muy light, es más la curiosidad personal de los policías por saber que llevo en las alforjas.
Ya estoy en Uzbekistán! Y ahora tengo 400 km de desierto hasta Nukus, la primera «gran» urbe. Cargo diez litros de agua y comida y me desilusiono al ver que la carretera sigue estando en el mismo lamentable estado que en el país vecino. El paisaje es desértico y el calor cada vez apreta más. A diferencia de Kazajistán este desierto es mucho más monótono. Estepa. Ni un solo árbol donde parar a descansar a la sombra. Bebo agua caliente. Bebo muchísima agua. 5 litros al día. Cada 70-100 km hay locales donde comer y abastecerse de agua. Las condiciones higiénicas son de risa pero me da igual. Sombra y Coca-cola fría. El segundo día encuentro una caseta con 3 árboles y una gran antena de repetición. Es de la televisión uzbeca y unos hombres se encargan de su mantenimiento. Me acerco a pedir agua y me invitan a pasar. Comemos Plov y tomamos té. Antes de irme pregunto si puedo subir a lo alto de la antena, 50 metros. Desde lo alto se puede contemplar la inmensidad del desierto. En todas las direcciones y hasta donde alcanza la vista. Me quedan otros 200 km hasta Nukus.

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7250 km . Beyneu . salina

Llegamos a Beyneu y como era de esperar no hay ninguna tienda o taller de biciletas. El hombre que me acompaña en su furgoneta no es de este pueblo y pregunta varias veces hasta dar con una dirección. Hace sonar el timbre de una casa y tras una breve conversación aparece una mujer con una rueda entera nueva. Es de mala calidad y tiene solamente un piñón. Tratamos de montarla y no encaja. Son las siete de la tarde, el día ha sido movidito y casi no he comido. El conductor también algo desilusionado al no encontrar solución me habla y gesticula pero no entiendo nada. Le doy las gracias y bajo la bicicleta de la furgo. Estoy en un pueblo muy lejos de todo y con la bici rota. Necesito una ducha y comer. La buena noticia es que Beyneu al estar cerca de Uzbekistán dispone de varios alojamientos para los transportistas que hacen largas rutas. Me alojo en el motel Nuray por unos 8 dólares noche y desayuno.
Por la mañana un huésped del motel me acompaña a un desguace y varios hombres chequean mi bicicleta. Con una radial improvisan una herramienta y logran prensar la caja de piñones y así arreglarme la bici. No me quieren cobrar y me han sacado de un gran apuro.
Paso los siguientes dos días vistando el pueblo, el bazar, la plaza central, las calles de negocios, las zonas residenciales. Para el ojo poco entrenado todo parece igual y no sabes ni donde comprar el pan. Los edificios son de una, a lo sumo dos plantas. La arena lo invade todo y mujeres con escobas le hacen frente. Los rasgos asiáticos y vestidos tradicionales con alegres estampados prevalecen. Sólo hay dos cajeros automáticos y la gente se amontona, no se toman distancias y los locales miran sin titubear las transacciones que haces. Hasta tal punto que una muchacha tratando de ayudarme introduce mi tarjeta y marca mi pin sin que se lo dijera previamente.

Estoy muy cerca de Uzbekistán pero mi visado no empieza hasta dentro de cinco días y decido irme unos días de excursión. La idea inicial es ir a Kulsary pero desisto a los pocos km. Una tormenta de arena sacude la zona. Ríos de arena cruzan la calzada y el ruido es ensordecedor. No quiero volver al motel y pagar por no hacer nada. Encuentro un camino sin asfaltar que se desvía de la corriente frontal del viento y según el GPS me llevará hasta un lago. A las pocas horas acampo. No he visto presencia humana más que el sendero que voy siguiendo y que en ocasiones se difumina haciéndome dudar si será posible llegar a la mancha azul de mi gps. Prosigo la marcha por la mañana. Sube colina baja colina. Sin cesar. Lagartijas me hechan carreras al verme pasar. El viento es más suave pero pega de cara. Encuentro varias tortugas y alguna serpiente tomando en sol. A mediatarde he llegado al lago. Resulta ser una salina casi sin agua. Ni rastro de personas en todo el día. El agua adquiere un tono verdoso transparente. La sal se amontona. Parece un lugar idílico para pasar la noche y monto el campamento. Mi sorpresa es al despertarme de madrugada con un ruido frenético por las sacudidas del viento y el agua en la tienda. Hasta tal punto que hacen saltar las fijaciones y me cae encima. No es tarea fácil volver a montar la tienda de noche, lloviendo y con ese viento.

Suficientes aventuras por estos días.

De vuelta en el motel Nuray conozco a Culviek, el propietario. Es un hombre de unos cincuenta años con mujer e hijos. Hacemos buenas migas rápidamente y se empeña en mostrarme de primera mano la cultura kazaja. Vamos a visitar un cementerio kazajo y unas mezquitas escarvadas en la roca. Hace que abran el museo de historia de Beyneu que está en reformas. Me lleva a una boda de un pariente suyo. Hasta cuando veo en un cartel la foto del campeón de lucha de Asia se encarga de que pueda asistir a uno de sus entrenamientos. No me cobra por estar en su motel ni por las comidas. Un buen ejemplo de hasta donde puede llegar la hospitalidad kazaja. Como ya es habitual desde hace unos meses todo esto sin poder mantener conversaciones normales, no habla inglés ni español y yo no hablo ruso ni kazajo. Según Culviek durante el periodo soviético hubo una pérdida de identidad en el país y algunas familias como la suya lucharon por mantener tradiciones como la de saberse el árbol genealógico hasta 13 generaciones. Le pongo cara de que es un farol y me los escribe en una servilleta.

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