Soy Germán G.R nacido en 1984 en Girona, España. Viajo en bicicleta. El cinco de octubre de 2014 salí de Sant Feliu de Guíxols rumbo al Este. Sin experiencia previa y cargado de dudas pero siguiendo mi instinto. En esta web escribo las crónicas de mi viaje.
5900 km – Zestafoni – Sakarsia – Agara – Perma – Mtskheta – Tbilisi
Los cinco días siguientes recorro la carretera general de Georgia, acampando cada atardecer en campos, bosques y colinas. Me empapo del pueblo georgiano al cruzar pequeñas aldeas, entrar en antiquísimas iglesias y comprar en sus mercados. En estos días no conozco a nadie con el que cominicarme en una lengua que ambos conozcamos, todo es mediante gestos, muecas y sonrisas. Las vacas, caballos, burros, cerdos,ovejas, patos y gallinas son una constante. Suelen estar cerca de la carretera pastando sin que nadie los controle pero no suponen un problema, los conductores están acostumbrados encontrárselos en medio de la calzada. Debido al desconocimiento todo me parece ir muy rápido en los pueblos, aún asi logro comprar unos utensilios para cocinar decentes y a un precio de risa. El tiempo va a peor y el último día me he de refugiar de una tromba de agua bajo una cabaña de madera sin paderes, donde monto la tienda para pasar la noche.
A la mañana siguiente después de pedalear unos pocos quilómetros llego a Mtskheta y quedo anonadado de la belleza del pequeño pueblo. Con razón es patrimonio de la humanidad por la Unesco. Iglesias y catedrales también incluidas en la famosa lista se alzan en el poblado con calles empedradas rodeada de montañas y delimitada por ríos. Hago noche en casa de una anciana que alquila habitaciones por algo menos de diez euros en la plaza del pueblo con vistas a la catedral de Svetitsjoveli, donde tengo la fortuna de presenciar la visita de la máxima autoridad en la iglesia ortodoxa, un anciano octogenario. Tras mucho revuelo llega un coche de alta gama seguido por otros dos todoterreno a la puerta principal de la catedral. Me sorprende el dispendio entre guardaespaldas y coches de lujo para una ceremonia de una media hora. Hay gente de todas las edades. El poder de la iglesia en este país es más que evidente. A lo largo y ancho del país me he cansado de ver a mayores y jóvenes santiguándose y arrodillándose por el sólo echo de pasar por delante de un lugar sagrado en señal de respeto, obediencia y fe.
En Tbilisi tramito el visado para Azerbayán ya que me encuentro a menos de cien quilómetros de la frontera. Se nota que estoy en la capital. Edificios nuevos que parecen esculturas crean controversia. En lo alto, un antiguo castillo y su muralla. Puentes de diferentes épocas cruzan el río Kurá. Me recuerda a Batumi y sin duda no tiene nada que ver con el resto de Georgia, mucho más rural y humilde. Haciendo tiempo mientras el visado se formaliza conozco a unos españoles que trabajan en Suiza y están de vacaciones. Que alivio poder hablar cara a cara con fluidez, son los primeros españoles que conozco en este viaje.
Con el visado listo subo a la bicicleta y tomo la carretera equivocada. No es un error grave. Son unos 20 quilómetros de más por unas colinas. Una leve cortina de agua lo cubre todo y el verde de los campos se intensifica. Paro a tomar fotografías del valle que queda a mis pies y una extraña piedra blanca llama mi atención. Tiene algo diferente, el color, el tamaño y la aparente textura. No es una piedra, es un calavera humana. La dejo sobre una señal de tráfico por si a alguien se le ha perdido.
A escasos quilómetros de la frontera paro en un bar para entrar en calor. Me parece insólito que tengan wifi y no me cobran el te. Hoy no entro a Azerbayán, diviso un merendero a lo lejos y voy campo atraves hasta llegar a él. Estoy resguardado del chiribiri que cae y el pastor no vendrá hasta mañana.
5550 km – Poti – Senaki – Kutaisi –
Poti tiene el mayor puerto marítimo de todo el país. Decenas de caminones forman largas colas para cruzar el mar Negro en dirección a Rusia. Mientras las grúas del puerto descargan las mercancías de los barcos estacionados. Es un pueblo sin ningún atractivo turístico pero voy a ver a Demetre. Es amigo de un chico que conozco en Barcelona y habla inglés. Como se retrasa a la cita voy a dar una vuelta. Lo más significativo a parte del puerto es una enorme y recién estrenada iglesia. Muchas calles están sin asfaltar y la mayoría son casas de dos plantas con porche y unas escaleras que para acceder a la entrada en la segunda planta. Tienen un aspecto muy señorial a la par que viejuno y olvidado. Con unas pocas horas de retraso llega Demetre y su primo. En un Mercedes del 99 con cristales oscurecidos, grandes llantas, y unas luces de neón azul que iluminan el suelo del auto. Me dice que el coche es de un trabajador suyo. Demetre es de estatura media y complexión endomorfo. La parrilla frontal del coche está fuera de sitio, se le ha cruzado un perro en el camino y no ha podido esquivarlo. Es un tipo muy serio. Saco varios tema de conversación, trato de buscar puntos en común y no me da cancha. Ni una sonrisa y de vez en cuando mientras le hablo se pone a mirar el teléfono. Me tiene fuera de juego con esa actitud arrogante. Su primo es más sociable aunque el inglés no sea su fuerte. Al acabar de cenar, sin mediar palabra Demetre se levanta de la mesa y se va fuera a fumar. Previamente le ha dado un sobre a su primo que me pregunta si quiero café. Ante la negativa va directo a la caja. Estoy invitado, ni el camarero acepta mi dinero. Es obra de Demetre, al cual le doy las gracias al salir. Por lo que tenía entendido iba a dormir en su casa pero me llevan a un hotel en el cual ya me han reservado habitación. Al despedirnos Demetre le hace un gesto al primo y éste me mete el sobre en el bolsillo de la chaqueta mientras me dice: -no open, no open-. En la habitación lo abro y contiene un billete de 100 laris, unos 40 euros. En principio pienso que es para pagar el hotel pero a la mañana siguiente la recepcionista dice estar todo pagado. Entonces escribo a Demetre para preguntarle el por qué y me contesta que era para el desayuno. Ha sido todo muy extraño.
Dejo el mar a mis espaldas y sumo quilómetros. Lamentablemente la conducción en este país es la más peligrosa que he visto hasta el momento. No sólo en este viaje, en toda mi vida. Son pocos los que se preocupan de respetar una distancia mínima al adelantarme y la mayoría va a toda pastilla con coches de dudosa fiabilidad. Sería una estupidez tomárselo como un tema personal cuando ante mis ojos puedo ver en varias ocasiones dobles adelantamientos de coches en sentidos contrarios, lo que implica cuatro coches en batería en una calzada para dos. Aún así no puedo aguantarme algún improperio cuando me hacen temer por mi integridad. Al atardecer encuentro un maravilloso lugar donde acampar. Un gran campo verde, sin piedras y con hierba que me llega al tobillo. El resto de la tarde y la noche pasan tranquilas, contrastando con el día en la carretera. Por la mañana al asomar la cabeza fuera de la tienda tengo a unos caballos pastando alrededor de la tienda que al verme salen corriendo.
A 70 km está Kutaisi, la segunda ciudad más grande de Georgia y de gran importancia en el régimen comunista. A las afueras de la urbe hay un río y un frondoso bosque donde monto campamento. Aprovecho y visito la ciudad que exceptuando la plaza central y calles contiguas, el resto es igual que los pueblos que he ido cruzando pero con mucha más extensión. La segunda noche acampado se levanta un viento estremecedor que hace tambalear la tienda y las simpáticas ranas del río me deleitan con un concierto nocturno, benditos tapones de oídos!