5980 km – Agstafa – Tovuz

Miro el gps y veo un gran río cerca de donde estoy. Sin embargo a derecha e izquierda de la carretera sólo parece haber campos de pasto y ovejas. Me pica la curiosidad y dejo la bici recostada en un árbol y avanzo campo através. Un perro pastor enorme me ladra a lo lejos, no me doy por aludido y al rato me ignora. Tras caminar unos minutos veo árboles a un nivel inferior y al acercarme más me planto delante de un gran barranco con el río que veia en el gps a mis pies. Me siento a contemplar el paisaje. Al deshacer el camino el mismo perro me ladra desde la lejanía, a unos 50 metros. Por desgracia esta vez su ladrido alerta a otros cinco perros que se encargan de vigilar la finca. Veo como acuden a su encuentro corriendo desde muy muy lejos. No puedo salir corriendo porque la carretera queda lejos, no hay donde subirme ni piedras para arrojarles asi que trato de andar con normalidad sin quitarles ojo. En menos de un minuto los tengo encima, mostrándome los dientes, son muy grandes, pesaran cerca de 50 kilos. Son perros del Cáucaso. Me planto y trato de calmarlos pero no da resultado. Entre ellos se excitan más y veo inminente el mordisco. Es una situación límite porque si me muerden varios a la vez no podré deshacerme de ellos. Llegados a ese punto alzo las manos y les grito. Retroceden. Me vengo arriba y salgo corriendo tras de ellos para disuadirlos. Cómo corren! Mientras me ladran desde la distancia les tomo una fotografía.

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r’io

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panor’amica

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brecha

 

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caucasian dogs

Cruzo el paso fronterizo y las primeras casas y comercios que veo me recuerdan a el país vecino. Ambos fueron repúblicas soviéticas. Sin embargo intuyo que hay algo diferente. El primer día monto la tienda en un campo con una puesta de sol magnífica. A media noche me despierta un hombre con una linterna y un can, digo lo de siempre: – hello, i am spanish, barcelona, do you speak english?- Me habla en azerí pero al ver que sonríe ya puedo dormir tranquilo.  Lo que no me esperaba era que amaneciera lloviendo. Me he pasado desde las 20h hasta las 14h metido en la tienda. El problema no han sido esas 18 horas, lo más sufrido es que en el interior de mi tienda tan sólo puedes estar estirado porque es muy baja. Ni tan siquiera puedes sentarte a no ser que te encorbes como si trataras de tocar con la frente en el suelo. Tiene la forma de un ataúd por muy dantesca que sea la comparación. He salido un par de veces pero luego era peor. Al entrar empapado inevitablemente mojaba saco y ropa que luego no podría secar. Cuando la lluvia ha aflojado he llegado a Agstafa. Allí el comisario de policía me ha invitado a comer y las nubes se han desvanecido. Aprovecho y sigo la carretera hacia el este, dirección a Baku y el mar Caspio. En el país tan solo hay dos carreteras en buenas condiciones que van de este a oeste. El resto rara vez están asfaltadas y carecen de indicaciones. Los azerís son curiosos y alegres. Los dientes dorados abundan. Los coches soviéticos abundan, en especial un modelo. La inmensa mayoría de los coches que me adelantan o se cruzan conmigo apretan el claxon y propician un grito o sacan el brazo por la ventanilla. La gente en los pueblos o pequeños salones de té me hacen gestos para que me detenga. Me ofrecen bebidas y nunca quieren cobrarme. Suelen pedirme que les tome una fotografía con mi cámara. Parece imposible encontrar un resquicio de calma. Resulta muy intenso y bonito a la par que agotador. Ese mismo día encuentro una torre para la vigilancia de las viñedas en desuso. Está a unos 4 metros de altura y tiene el espacio justo para poner esterilla y saco. Así puedo dejar la tienda estendida que aún está húmeda. El punto fuerte de la torre es que no vendrán animales mientras duermo. Lo malo es que el viento hace rechinar las soldaduras y mueve toda la estructura. Me despierto varias veces por el frío a pesar de estar dentro del saco. Pero ahora mismo la mejor opción es esperar aquí a que pase la noche.

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Agstafa

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frontera Azerbaiyan

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un jovencisimo jinete

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mi habitaciOn de hotel

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ninos azer’is

 

Posted from Azerbaijan.

5900 km – Zestafoni – Sakarsia – Agara – Perma – Mtskheta – Tbilisi

Los cinco días siguientes recorro la carretera general de Georgia, acampando cada atardecer en campos, bosques y colinas. Me empapo del pueblo georgiano al cruzar pequeñas aldeas, entrar en antiquísimas iglesias y comprar en sus mercados. En estos días no conozco a nadie con el que cominicarme en una lengua que ambos conozcamos, todo es mediante gestos, muecas y sonrisas. Las vacas, caballos, burros, cerdos,ovejas, patos y gallinas son una constante. Suelen estar cerca de la carretera pastando sin que nadie los controle pero no suponen un problema, los conductores están acostumbrados encontrárselos en medio de la calzada. Debido al desconocimiento todo me parece ir muy rápido en los pueblos, aún asi logro comprar unos utensilios para cocinar decentes y a un precio de risa. El tiempo va a peor y el último día me he de refugiar de una tromba de agua bajo una cabaña de madera sin paderes, donde monto la tienda para pasar la noche.

A la mañana siguiente después de pedalear unos pocos quilómetros llego a Mtskheta y quedo anonadado de la belleza del pequeño pueblo. Con razón es patrimonio de la humanidad por la Unesco. Iglesias y catedrales también incluidas en la famosa lista se alzan en el poblado con calles empedradas rodeada de montañas y delimitada por ríos. Hago noche en casa de una anciana que alquila habitaciones por algo menos de diez euros en la plaza del pueblo con vistas a la catedral de Svetitsjoveli, donde tengo la fortuna de presenciar la visita de la máxima autoridad en la iglesia ortodoxa, un anciano octogenario. Tras mucho revuelo llega un coche de alta gama seguido por otros dos todoterreno a la puerta principal de la catedral. Me sorprende el dispendio entre guardaespaldas y coches de lujo para una ceremonia de una media hora. Hay gente de todas las edades. El poder de la iglesia en este país es más que evidente. A lo largo y ancho del país me he cansado de ver a mayores y jóvenes santiguándose y arrodillándose por el sólo echo de pasar por delante de un lugar sagrado en señal de respeto, obediencia y fe.

En Tbilisi tramito el visado para Azerbayán ya que me encuentro a menos de cien quilómetros de la frontera. Se nota que estoy en la capital. Edificios nuevos que parecen esculturas crean controversia. En lo alto, un antiguo castillo y su muralla. Puentes de diferentes épocas cruzan el río Kurá. Me recuerda a Batumi y sin duda no tiene nada que ver con el resto de Georgia, mucho más rural y humilde. Haciendo tiempo mientras el visado se formaliza conozco a unos españoles que trabajan en Suiza y están de vacaciones. Que alivio poder hablar cara a cara con fluidez, son los primeros españoles que conozco en este viaje.

Con el visado listo subo a la bicicleta y tomo la carretera equivocada. No es un error grave. Son unos 20 quilómetros de más por unas colinas. Una leve cortina de agua lo cubre todo y el verde de los campos se intensifica. Paro a tomar fotografías del valle que queda a mis pies y una extraña piedra blanca llama mi atención. Tiene algo diferente, el color, el tamaño y la aparente textura. No es una piedra, es un calavera humana. La dejo sobre una señal de tráfico por si a alguien se le ha perdido.

A escasos quilómetros de la frontera paro en un bar para entrar en calor. Me parece insólito que tengan wifi y no me cobran el te. Hoy no entro a Azerbayán, diviso un merendero a lo lejos y voy campo atraves hasta llegar a él. Estoy resguardado del chiribiri que cae y el pastor no vendrá hasta mañana.

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Mtskheta

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Tbilsi

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refugio para la lluvia

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senora, German, vaca y bici…

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vistas desde Jvari, Mtskheta

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Jvari

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Mtskheta a la derecha del r’o

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Castellfugit de la Roca en Tbilisi

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existen pocas cosas tan gratificantes como perderse

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el coleguita

 

 

Posted from Meore Kesalo, Kvemo Kartli, Georgia.

5550 km – Poti – Senaki – Kutaisi –

Poti tiene el mayor puerto marítimo de todo el país. Decenas de caminones forman largas colas para cruzar el mar Negro en dirección a Rusia. Mientras las grúas del puerto descargan las mercancías de los barcos estacionados. Es un pueblo sin ningún atractivo turístico pero voy a ver a Demetre. Es amigo de un chico que conozco en Barcelona y habla inglés. Como se retrasa a la cita voy a dar una vuelta. Lo más significativo a parte del puerto es una enorme y recién estrenada iglesia. Muchas calles están sin asfaltar y la mayoría son casas de dos plantas con porche y unas escaleras que para acceder a la entrada en la segunda planta. Tienen un aspecto muy señorial a la par que viejuno y olvidado. Con unas pocas horas de retraso llega Demetre y su primo. En un Mercedes del 99 con cristales oscurecidos, grandes llantas, y unas luces de neón azul que iluminan el suelo del auto. Me dice que el coche es de un trabajador suyo.  Demetre es de estatura media y complexión endomorfo. La parrilla frontal del coche está fuera de sitio, se le ha cruzado un perro en el camino y no ha podido esquivarlo. Es un tipo muy serio. Saco varios tema de conversación, trato de buscar puntos en común y no me da cancha. Ni una sonrisa y de vez en cuando mientras le hablo se pone a mirar el teléfono. Me tiene fuera de juego con esa actitud arrogante. Su primo es más sociable aunque el inglés no sea su fuerte. Al acabar de cenar, sin mediar palabra Demetre se levanta de la mesa y se va fuera a fumar. Previamente le ha dado un sobre a su primo que me pregunta si quiero café. Ante la negativa va directo a la caja. Estoy invitado, ni el camarero acepta mi dinero. Es obra de Demetre, al cual le doy las gracias al salir. Por lo que tenía entendido iba a dormir en su casa pero me llevan a un hotel en el cual ya me han reservado habitación. Al despedirnos Demetre le hace un gesto al primo y éste me mete el sobre en el bolsillo de la chaqueta mientras me dice: -no open, no open-. En la habitación lo abro y contiene un billete de 100 laris, unos 40 euros. En principio pienso que es para pagar el hotel pero a la mañana siguiente la recepcionista dice estar todo pagado. Entonces escribo a Demetre para preguntarle el por qué y me contesta que era para el desayuno. Ha sido todo muy extraño.

Dejo el mar a mis espaldas y sumo quilómetros. Lamentablemente la conducción en este país es la más peligrosa que he visto hasta el momento. No sólo en este viaje, en toda mi vida. Son pocos los que se preocupan de respetar una distancia mínima al adelantarme y la mayoría va a toda pastilla con coches de dudosa fiabilidad. Sería una estupidez tomárselo como un tema personal cuando ante mis ojos puedo ver en varias ocasiones dobles adelantamientos de coches en sentidos contrarios, lo que implica cuatro coches en batería en una calzada para dos. Aún así no puedo aguantarme algún improperio cuando me hacen temer por mi integridad. Al atardecer encuentro un maravilloso lugar donde acampar. Un gran campo verde, sin piedras y con hierba que me llega al tobillo. El resto de la tarde y la noche pasan tranquilas, contrastando con el día en la carretera. Por la mañana al asomar la cabeza fuera de la tienda tengo a unos caballos pastando alrededor de la tienda que al verme salen corriendo.

A 70 km está Kutaisi, la segunda ciudad más grande de Georgia y de gran importancia en el régimen comunista. A las afueras de la urbe hay un río y un frondoso bosque donde monto campamento. Aprovecho y visito la ciudad que exceptuando la plaza central y calles contiguas, el resto es igual que los pueblos que he ido cruzando pero con mucha más extensión. La segunda noche acampado se levanta un viento estremecedor que hace tambalear la tienda y las simpáticas ranas del río me deleitan con un concierto nocturno, benditos tapones de oídos!

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Poti

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Muelle

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Ciclistas georgianos

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reliquias de la URSS

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Catedral de Bagrati en Kutaisi, patrimonio de la humanidad

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Kutaisi

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parada de bus

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concierto de anfibios

 

 

Posted from Sheikhpura, Imereti, Georgia.