7825 km . Khiva
A la mañana tratando de encontar el camino correcto para salir de las tierras de cultivo anexas al lago doy con una gran granja. Es temprano y los hombres aún no han empezado a trabajar y me ofrecen desayuno. Huevos fritos, tomates, pan y té. Serán las siete de la mañana y el sol calienta. Las moscas vuelan frenéticas sobre el desayuno. Tienen vacas y cultivan algodón, tomates y pepinos. En una enorme sala a oscuras alimentan a miles de gusanos de seda.
Uno de los hombres tiene un familiar que regenta un B&B en Khiva y llegamos a un buen acuerdo con el precio. Al llegar supera con creces mis expectativas. Está en el centro de la ciudad antigua, dentro de las murallas y podré dormir en una cama. El hostal Otabek por ocho euros noche y desayuno.
Khiva es un caramelo. Es retroceder en el tiempo. Madrasas, minaretes, palacios, mezquitas y mausoleos todo entre unas murallas. De día se aprecian todos los detalles de las cosntrucciones y el atardecer le da un tono anaranjado de película. De noche no se iluminan las calles y la luz de la luna da forma a la ciudad.
7820 km . Nukus . Khiva
Pongo rumbo a Khiva. Nuevamente en el desierto. Están construyendo una carretera nueva paralela y circulo solo. Esta vez el terreno tiene desniveles con pendientes suaves. Son rectas interminables, me paso tres días pedaleando en la misma dirección. Hace mucha calor, rondamos los 40 grados.
La primera noche duermo en casa de una familia de uzbecos. Al parar a pedirles agua me invitaron a quedarme. Es una casa tradicional de una planta, rectangular y hecha con paja y barro. Viven dos hermanos con sus respectivas mujeres e hijos. Mientras los hombres estamos cenando las mujeres sirven la mesa y recogen. Sin embargo por la mañana el desayuno lo tomamos juntos. Por cierto, no entendí a que hora debía despertarme y a las seis estaban todos esperándome para desayunar. Comimos plov con carne de sus corderos y zanahorias de su huerto, leche de sus vacas, huevos de sus gallinas, agua de su pozo y pan hecho por ellas. Uno de los matrimonios eran los dos profesores, de historia y educación física. Al nadie hablar inglés no logré entender a qué se dedicaban los demás.
Al segundo día, experimento lo que es entrar en un oasis después de siete horas de pedaleo bajo un sol diabólico y en el desierto. Sin previo aviso todo es verde, el aire más fresco y húmedo, hay canales con agua y árboles que dan sombra. Y gente, muchas casas y campos de cultivo. Menudo subidón. Un cambio drástico en cuestión de metros. Hay casetas sin paredes para dar sombra a los campesinos. Doy con una que tiene una cama de hierro del año de la pera y duermo en ella.
A los pocos kms de Khiva paro a comer Cumca, una empanada con carne y cebolla que cocinan en unos hornos artesanales. Luego gozo de un baño en un río de agua marrón con unos niños que habían por ahí. Y mientras fotografío una casa típica uzbeca, su dueña me invita a pasar, me dan comida, agua, me presentan a la familia vecina, y acabo pescando sin mucho éxito con el hermano mayor en un río.
Con tantas pausas en la jornada anochece y aún no he entrado en la ciudad. A las afueras hay un gran lago y decenas de ranas que me cantan una serenata toda la noche hasta que consigo conciliar el sueño. De madrugada unos pescadores me ven y sin demasiado sentido común me despiertan dando voces y iluminándome con la linterna. Intercambio pocas palabras y me doy la vuelta para seguir durmiendo. 







7590 km . Nukus
Las carreteras de Uzbekistán han acabado lo que las de Kazajastán empezaron. La bicicleta hace zigzags y el manillar tiembla. Tengo seis radios rotos en la rueda trasera y la llanta agujereada en tres puntos. Demasiada tralla. Ante la imposibilidad de continuar paro a un camión uzbeco. Madi es el conductor, fue guía turístico en Samarkand y habla inglés. Amarramos la bici en la panza del camión. Pobrecita, cada vez le estoy cogiendo más cariño. Cuatro días pedaleando por el desierto dejan a uno bastante tocado. Madi me sugiere que duerma un poco en la litera del camión y así lo hago. Antes de llegar a Nukus paramos a comer. De nuevo no quieren que pague nada. Por unos 2 euros tienes plato principal, pan uzbeko y bebida o té. Los restaurantes y casas tienen nidos de golondrinas y otras aves en su interior, así mantienen a ralla a los insectos y ahuyentan a las serpientes.
Me bajo del camión a las afueras de Nukus y allí conozco a Sherot, un joven uzbeco de Bukhara amante de Michael Jackson y que sueña con trabajar en EEUU. Está acompañando a su hermano que es camionero. Sherot habla inglés con un accento americano nativo extraordinario de tantas veces que ha escuchado los audio cursos en su mp3. Sin embargo la comprensión la tiene mucho más desentrenada. Tomamos un taxi, parando el primer coche que vemos. Hay pocos taxis oficiales, la inmensa mayoría es gente normal que si le va bien acercarte además se saca un dinero extra. En Nukus no hay tienda de bicicletas pero en el bazar arreglan de todo. Después de estar cinco horas de acá para allá tengo una llanta trasera nueva, con más radios, tan sólo 4 piñones y de dudosa calidad. Por suerte he pagado precio local gracias a Sherot, unos 15 euros.
Es el tercer día en Uzbekistán y por normativa legal debo realizar el primer registro en un hotel pero los pocos que encuentro son solamente para locales, lo que implica que no me constaría el registro oficial. El taxista no tiene ni idea y Sherot no es de esta ciudad. Conseguimos un número de teléfono de un hotel donde supuestamente sí me pondrían el sello y me piden la friolera de 70 dólares. Decido pasar la noche con Sherot, su hermano y otros conductores en el párking de camiones donde comemos Plov y duermo en las literas de un camión.



7570 km . beyneu . karakalpakiya . desierto uzbeco
Mañana entrará en vigor mi visado para Uzbekistán. Me despido de Culviek y marcho rumbo la frontera. Nuevamente en terreno desértico y con una carretera pésima. Una verdadera batalla tratando de seguir la senda que dejan los camiones para evitar tanto trote. El asfalto desaparece por completo y hay varios caminos de tierra que van en la misma dirección. Escoger el mejor es cuestión del azar. Paso la noche a pocos km de la frontera. Por la mañana una manada de caballos me despierta pastando a pocos metros de la tienda.
El puesto fronterizo está en medio de la nada. Camiones y viejos coches cargados hasta los topes hacen cola. Al verme llegar los guardias de muestran simpáticos y me hacen pasar delante de la larga cola. El control de equipaje es muy light, es más la curiosidad personal de los policías por saber que llevo en las alforjas.
Ya estoy en Uzbekistán! Y ahora tengo 400 km de desierto hasta Nukus, la primera «gran» urbe. Cargo diez litros de agua y comida y me desilusiono al ver que la carretera sigue estando en el mismo lamentable estado que en el país vecino. El paisaje es desértico y el calor cada vez apreta más. A diferencia de Kazajistán este desierto es mucho más monótono. Estepa. Ni un solo árbol donde parar a descansar a la sombra. Bebo agua caliente. Bebo muchísima agua. 5 litros al día. Cada 70-100 km hay locales donde comer y abastecerse de agua. Las condiciones higiénicas son de risa pero me da igual. Sombra y Coca-cola fría. El segundo día encuentro una caseta con 3 árboles y una gran antena de repetición. Es de la televisión uzbeca y unos hombres se encargan de su mantenimiento. Me acerco a pedir agua y me invitan a pasar. Comemos Plov y tomamos té. Antes de irme pregunto si puedo subir a lo alto de la antena, 50 metros. Desde lo alto se puede contemplar la inmensidad del desierto. En todas las direcciones y hasta donde alcanza la vista. Me quedan otros 200 km hasta Nukus.
7250 km . Beyneu . salina
Llegamos a Beyneu y como era de esperar no hay ninguna tienda o taller de biciletas. El hombre que me acompaña en su furgoneta no es de este pueblo y pregunta varias veces hasta dar con una dirección. Hace sonar el timbre de una casa y tras una breve conversación aparece una mujer con una rueda entera nueva. Es de mala calidad y tiene solamente un piñón. Tratamos de montarla y no encaja. Son las siete de la tarde, el día ha sido movidito y casi no he comido. El conductor también algo desilusionado al no encontrar solución me habla y gesticula pero no entiendo nada. Le doy las gracias y bajo la bicicleta de la furgo. Estoy en un pueblo muy lejos de todo y con la bici rota. Necesito una ducha y comer. La buena noticia es que Beyneu al estar cerca de Uzbekistán dispone de varios alojamientos para los transportistas que hacen largas rutas. Me alojo en el motel Nuray por unos 8 dólares noche y desayuno.
Por la mañana un huésped del motel me acompaña a un desguace y varios hombres chequean mi bicicleta. Con una radial improvisan una herramienta y logran prensar la caja de piñones y así arreglarme la bici. No me quieren cobrar y me han sacado de un gran apuro.
Paso los siguientes dos días vistando el pueblo, el bazar, la plaza central, las calles de negocios, las zonas residenciales. Para el ojo poco entrenado todo parece igual y no sabes ni donde comprar el pan. Los edificios son de una, a lo sumo dos plantas. La arena lo invade todo y mujeres con escobas le hacen frente. Los rasgos asiáticos y vestidos tradicionales con alegres estampados prevalecen. Sólo hay dos cajeros automáticos y la gente se amontona, no se toman distancias y los locales miran sin titubear las transacciones que haces. Hasta tal punto que una muchacha tratando de ayudarme introduce mi tarjeta y marca mi pin sin que se lo dijera previamente.
Estoy muy cerca de Uzbekistán pero mi visado no empieza hasta dentro de cinco días y decido irme unos días de excursión. La idea inicial es ir a Kulsary pero desisto a los pocos km. Una tormenta de arena sacude la zona. Ríos de arena cruzan la calzada y el ruido es ensordecedor. No quiero volver al motel y pagar por no hacer nada. Encuentro un camino sin asfaltar que se desvía de la corriente frontal del viento y según el GPS me llevará hasta un lago. A las pocas horas acampo. No he visto presencia humana más que el sendero que voy siguiendo y que en ocasiones se difumina haciéndome dudar si será posible llegar a la mancha azul de mi gps. Prosigo la marcha por la mañana. Sube colina baja colina. Sin cesar. Lagartijas me hechan carreras al verme pasar. El viento es más suave pero pega de cara. Encuentro varias tortugas y alguna serpiente tomando en sol. A mediatarde he llegado al lago. Resulta ser una salina casi sin agua. Ni rastro de personas en todo el día. El agua adquiere un tono verdoso transparente. La sal se amontona. Parece un lugar idílico para pasar la noche y monto el campamento. Mi sorpresa es al despertarme de madrugada con un ruido frenético por las sacudidas del viento y el agua en la tienda. Hasta tal punto que hacen saltar las fijaciones y me cae encima. No es tarea fácil volver a montar la tienda de noche, lloviendo y con ese viento.
Suficientes aventuras por estos días.
De vuelta en el motel Nuray conozco a Culviek, el propietario. Es un hombre de unos cincuenta años con mujer e hijos. Hacemos buenas migas rápidamente y se empeña en mostrarme de primera mano la cultura kazaja. Vamos a visitar un cementerio kazajo y unas mezquitas escarvadas en la roca. Hace que abran el museo de historia de Beyneu que está en reformas. Me lleva a una boda de un pariente suyo. Hasta cuando veo en un cartel la foto del campeón de lucha de Asia se encarga de que pueda asistir a uno de sus entrenamientos. No me cobra por estar en su motel ni por las comidas. Un buen ejemplo de hasta donde puede llegar la hospitalidad kazaja. Como ya es habitual desde hace unos meses todo esto sin poder mantener conversaciones normales, no habla inglés ni español y yo no hablo ruso ni kazajo. Según Culviek durante el periodo soviético hubo una pérdida de identidad en el país y algunas familias como la suya lucharon por mantener tradiciones como la de saberse el árbol genealógico hasta 13 generaciones. Le pongo cara de que es un farol y me los escribe en una servilleta.
7100 km . desierto Mangystan
Cargado con ocho litros de agua y sin saber muy bien lo que me espera me adentro en el desierto de Kazajistán. La carretera es pésima y tengo que ir sorteando los agujeros en la calzada. A los 60 km de Aktau hay una gran depresión del terreno. La primera noche acampo a -113 metros en medio de la nada. A partir de las diez de la noche no pasan coches por la carretera. El silencio sólo lo interrumpen extraños ruidos de animales y el cielo está plagado de estrellas.
Los dos días posteriores me encuentro de todo, desde carretera sin asfaltar hasta vías nuevas. Los paisajes son excepcionales. A pesar de ser desérticos van cambiando la geografía y la flora. El calor empieza a apretar. Los cláxones de los camiones me aturden mientras intento mantener el equilibrio entre las nubes de polvo que se forman cuando me adelantan.
Cuando llego a algún pueblo los kazajos se muestran curiosos y piden que les fotografíe. Las calles están invadidas por la arena y tan sólo existen los negocios más fundamentales. Camellos y caballos campan a sus anchas por inmensas extensiones de terreno.
Al cuarto día habiendo cruzado ya la mitad del desierto rompo el eje de los piñones de la bici al afrontar una pendiente. Los piñones se mueven adelante y atrás y eso hace que yo pueda pedalear pero la bici no avance. No hay tracción y no tengo herramientas ni conocimientos para arreglarlo. Estoy a 200 km de Beyneu, el próximo pueblo y a 250 km de Aktau.
Me siento a valorar las opciones. Hace calor. Poco puedo hacer, acabaré de subir hasta la cima arrastando la bici, disfrutaré la bajada y luego intentaré parar a un camión. Mi gozo en un puzo, no todo lo que sube baja pero la suerte me sonríe cuando un coche para al verme arrastrar la bici se presta a ayudarme. Para a un Lada 4×4 y cargamos la bici. El conductor tiene unos 60 años y no habla ni papa de inglés. Me deja en un bar de carretera a unos 100 km. Canto como una almeja y eso me ayuda a encontrar a alguien que me acerque a Beyneu.
Sentado en el asiento de la furgoneta después de tanto traqueteo me invade un dulce sueño contra el que trato de luchar dando cabezazos al aire. Qué diferente se ve el desierto sentado en un coche con aire acondicionado y música de fondo. Sin preocuparse del agua, la comida, el viento, la calor, la carretera, el cansancio… Sinceramente prefiero la bicicleta.
6850 km . Aktau
Finalmente desembarcamos entrada la medianoche. Dos militares nos acompañan a realizar el registro de entrada. Me llama la atención sus rasgos asiáticos y su buen humor a esas horas de la noche. El objetivo es que me pongan el doble sello. De lo contrario dentro de una semana tendré que ir a un hotel para que me lo den y no se si encontraré alojamiento fuera de Aktau. Con una gran sonrisa le doy el pasaporte a una señorita con cara de pocos amigos. Lo alza con la mano y me mira de reojo varias veces. La foto es de hace 4 años. Me habla en ruso y yo le hago el gesto de ponerme dos sellos aguantando la sonrisa. Por fin cede y se le escapa una risa, tengo los dos sellos!
Pasamos la noche en el puerto. Un camionero turco me invita a dormir en su camión. En la cabina tras los asientos tiene dos literas. Por la mañana nos organizamos para ir a Aktau con el motorista francés, la pareja que van en coche y el inglés que viaja en bici. Un grupo variopinto y difícil de organizar porque los ritmos son muy diferentes y nadie tiene móvil.
Es 9 de Mayo y se conmemora los 70 años de la derrota nazi. Las calles principales están cortadas y se respira un ambiente de festividad. Los niños van vestidos como militares rusos y hay desfiles de veteranos de la segunda guerra mundial. En la plaza central de Aktau hay montada una gran tarima donde niños y niñas cantan victoriosos himnos en ruso mientras unas grandes pantallas muestran imágenes de tanques, barcos y aviones soviéticos bombardeando ciudades. Se independizaron de la URSS en el 91 y la mayoría de kazajos tiene muy buena opinión sobre Rusia. Acampamos a unos 40 km a las afueras de la ciudad, donde empieza el desierto. Al día siguiente regreso a la ciudad para comprar una cocina de gasolina, comida y agua. Me preparo para cruzar el desierto de Mangystan. Son 400 km con puestos para comer o beber cada 70 o 100 km con carreteras sin asfaltar o repletas de baches.




6750 km
Baku dista mucho del resto Azerbaiyán. Modernas construcciones faraónicas, automóviles de alta gama y tiendas de lujo. Sin embargo en el resto del país cuesta encontrar pueblos asfaltados. Según algunos azerís esta brecha es el legado comunista unido a una clase política corrupta. En su actual y presunta democracia el presidente es hijo del último gobernante y no hay más partidos políticos que le hagan frente. El petróleo emana del suelo y éste es propiedad del estado. A pesar de eso la mayoría del pueblo azerí se siente orgulloso de su presidente y de su capital.
Los visados para Kazahastán y Uzbekistán se demoran una semana. Tengo la fortuna de conocer a Tiffany y Quique. Ella es americana, profesora de guardería y excelente cocinera. El es valenciano, profesor de español y excelente catador de recetas. Mientras espero las visas descansado en su casa me informo cómo cruzar el Caspio. Mejor dicho, cómo diablos cruzar el Caspio. No hay fuentes oficiales. No existen horarios. Hay que esperar que un barco de carga llegue al puerto. Pueden pasar entre cinco días y dos semanas. Cada mañana debes llamar a el puerto, cruzar los dedos para que te descuelgue Vika que habla inglés y preguntar si hay barco. Mejor hacerlo dos o tres veces porque las informaciones nunca son fiables al cien por cien. Al tener el Ok debes ir al puerto a las afueras de Baku y pagar el ticket. Si eres afortunado el barco saldrá de ahí mismo, de lo contrario tienes que ir a Alat, a 70 kilómetros al sur.
Tras intentarlo dos días sin éxito una estudiante de Quique se presta a llamar, al hablar azerí todo parece simplificarse. Anotan su número de teléfono y la avisarán con seis o siete horas de antelación. Pasan los días y no hay llamada. Ya hace dos semanas que llegué y mi visa en Azerbaiyán caducará si no salgo pronto del país. Para tenerlo todo más atado voy a las oficinas del puerto en autobús. A las a fueras de Baku están los astilleros. Nada hace pensar que en esa caseta amarillenta con una puerta metálica gris se vendan los billetes del ferry. Al fin le pongo cara a Vika. La conversación que tenemos es algo así: yo «Ferry to Aktau?» Vika «if you can be here in one hour, yes». Una hora para ir a por la bici y volver. En bus he tardado 45 minutos. Subo a un taxi y negocio con prisas el precio. De camino pienso en la llamada que no he recibido para avisarme con antelación de la llegada de este ferry. A la hora y cuarto estoy de nuevo en los astilleros, esta vez con todo mi equipaje. Un agente de aduanas me chequea el pasaporte y ladeando la cabeza dice «problem». Acudimos a Vika para que haga de intérprete. Está colgada al teléfono unos larguísimos minutos. Lo que el agente quiere decirme es que no me registré en ningún hotel de Azerbaiyán y la sanción es de 300 dólares. Si no pago me vetarán la entrada durante los dos años siguientes. «Que hi farem». Pero el trámite burocrático me lo harán en Baku centro y el barco está a punto de zarpar. De nuevo en un taxi, a toda pastilla, con la incertidumbre si todo este cirio servirá para algo. A la hora bajo corriendo del taxi, cruzo la oficina y le doy al agente el papel oficial necesario para salir del país. Por fin. El barco es el ……… y hay una cola de camiones esperando a embarcar. También seis viajeros de diferentes países europeos. Algunos llevan días esperando en el puerto. Al escuchar eso me siento muy afortunado a pesar del intenso día. Una pareja de suecos de unos sesenta años viaja en un todoterreno convertido en caravana, otra joven pareja también de Suecia igual lo hacen en coche. Hay un francés motorista y un inglés, el más loco de todos que como no, viaja en bicicleta.
6690 km Alat
Charlando con los hombres del súper me recomiendan que vaya a los volcanes de barro en la costa de Alat. Tengo que retroceder varios kilómetros y ahora el viento está a mi espalda. La señal para girar hacia el este es una gasolinera. La encuentro y a partir de ahi no se nada más. El camino hace zigazagas y yo no veo ningún volcán. Al fondo está el mar Caspio. El viento rompe las crestas de las olas que se forman mar adentro. Una antigua instalación eléctrica compuesta por gigantes postes oxidados entra en el Caspio hasta donde alcanza la vista. Tiempo atrás debió ser la fuente energética de alguna refinería. En tierra las excavadoras y camiones se apoderan de material para la construcción dejando centenares de montículos de arena. Es un lugar misterioso. Pregunto a un camionero por los volcanes haciendo mímica. Me señala un monte a unos cinco kilómetros. La meta la tengo a la vista pero los caminos son engañosos. Muchos acaban en un montón de arena. Otros se desvían a la costa o me alejan del monte. Trazar una línea recta no es posible. Los centenares de montículos están bañados por arena de playa que el viento trae y la ruedas de la bicicleta no giran sobre esa superficie. Es un laberinto. Además no tengo claro que aquí hayan volcanes de barro. No hay ninguna indicación. Qobustan es el lugar conocido por los volcanes de barro pero los locales me han recomendado encarecidamente este otro lugar, ¿nos habremos entendido? Desde luego que sí. Mientras subo la colina veo pequeños montículos en su cima. Esta vez no son artificiales. En la cumbre me siento como un marciano. Parece que esté en la Luna. Tras miles de años los restos de sus erupciones lo han cubierto todo. No hay vida bajo el barro solidificado. Canales de barro fresco, oscuro, recién salido del cráter, recorren el sendero colina abajo. Contrastan con el gris claro que invade todo. Desde la cima la panorámica es sensacional. Hay decenas de cráteres de diferentes diámetros. La mayoría tienen actividad, salen burbujas e incluso hay uno que lanza el barro a un metro de distancia. La batería de la cámara se me acaba así que tomo mis últimas fotos. Entre volcanes de barro y me preparo para pasar la noche. Sin contaminación lumínica el cielo muestra todas sus estrellas.


























































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