6670 km Bayramli – Semkir – Ganca – Ucar – Sirgirli – Pirsaat – Alat
Desde que entré en Azerbaiyán una cordillera va en paralelo a la carretera. Aunque puedo verla está lejos. Según el mapa no hay acceso posible para poder aproximarme pero si que existen caminos de tierra que van en esa dirección. El día es soleado y caluroso. Sigo mi instinto y me aventuro por un camino en dirección a esas misteriosas montañas. Paso por colinas sin árboles que me desvían del rumbo pero siempre con la cordillera a la vista. Los caminos se bifurcan y voy escogiendo a la tuntún. Me cruzo con pastores que tiene a decenas de ovejas a su cargo. Al cabo de una hora y estando ya bastante perdido pincho la rueda trasera. Resulta un problema mayor porque se ha desgarrado la goma del pneumático por el lateral y no tengo recambio. Pruebo de hacer un apaño con cinta americana. El invento dura unos pocos minutos y vuelvo a pinchar la rueda. Sin constancia de pueblos o aldeas cerca me pongo a arrastar la bici. Qué calor. Voy en manga corta y short y me estoy asando. La cordillera tiene el sol encima. Son las tres de la tarde. Tengo comida y agua asi que no estoy preocupado. A la hora encuentro una aldea. Varios jóvenes se acercan y les pregunto por un mecánico. Dudo que haya ninguno a varios kilómetros a la redonda. Cada uno dice la suya y no se ponen de acuerdo. Les doy las gracias y sigo adelante arrastrando con cuidado los cincuenta kilos de bici. No hablan inglés y yo no se ruso ni azerí. Recorro las calles sin asfaltar del pueblo cuando un coche se para a mi lado. Le digo palabras en turco e inglés «velocipeti, burda, mecanic, problem…» El chico me sonríe y me pide que le acompañe. Me lleva a su casa y mientras intento entenderme con su padre y hermano se marcha. Al rato vuelve con un pneumático. Por ese entonces ya somos unas diez personas. Dos muchachos se ofrecen a montar la rueda mientras una mujer me da un plato con comida caliente y un té. Nadie habla inglés y todo el mundo sonríe. Cuando me dispongo a irme no me quieren cobrar, ni tan siquiera el pneumático. Es más, me dan una bolsa llena de comida y me piden que les haga fotos con mi cámara. Les señalo la cordillera a la que quiero llegar y me acompañan un tramo con el coche. Recuperado, con las reservas llenas y la bicicleta a punto prosigo el camino. Cada vez estoy más cerca. Hasta que me doy cuenta que lo que me parecía una cordillera en realidad es un enorme y alargado barranco que se extiende de este a oeste hasta donde me alcanza la vista. A las seis de la tarde me topo con un río que me obstaculiza el paso. Es un lugar tranquilo. Hace unas dos horas que no veo a nadie. No hay casas alrededor. Monto la tienda y mientras cae el sol me meto en el saco.
Por la mañana no quiero deshacer camino y pruebo suerte siguiendo nuevos senderos. Sin saber muy bien cómo acabo en el mismo pueblo. Al verme avisan a la familia de ayer que acude a mi encuentro. Me invitan a comer en su casa y llaman a una vecina que chapurrea inglés. Antes de marcharme me dice que pase por el súper del pueblo para despedirme del padre de familia. Asi lo hago. Este al verme me dice que coja todo lo que quiera. Ante mi negativa, me llena dos bolsas con comida y bebida que luego intento guardar en la pobre bici.




Con la barriga llena y una sonrisa de oreja a oreja sigo adelante. Encuentro la carretera principal. La he de seguir a lo largo de unos 500 km hasta Baku. Hay bastante tránsito pero el arcén es espacioso. El paisaje es desértico. Las rectas nunca acaban. El reflejo del sol sobre el asfalto crea ilusiones ópticas dando la sensación que a lo lejos hay un lago o el mar. Se puede acampar en cualquier parte. Muchos venden fruta, hortalizas, gallinas, pescado, etc en los laterales de la carretera. No hay internet en ningún sitio. Pasan cuatro días y la mañana de quinto me despierta el estruendo del techo de la mezquita en la que estoy durmiendo. La última jornada antes de Baku es especialmente dura por el fuerte viento de caras. El aire levanta nubes de arena que invaden la carretera dejándome a mi y a los conductores sin visibilidad en pleno día. Hago un esfuerzo enorme con tal de mantener el equilibrio y seguir una linia recta. Entrando en el pueblo de Alat oigo una explosión. El pneumático nuevo ha sufrido la misma suerte. Era de esperar puesto que la calidad no era suficiente para tanto peso. Arrastro la bici y un muchacho me dice que pregunte en una tienda de alimentos. Alli mismo me lo cambian y me indican como llegar a los volcanes de barro.
5900 km – Zestafoni – Sakarsia – Agara – Perma – Mtskheta – Tbilisi
Los cinco días siguientes recorro la carretera general de Georgia, acampando cada atardecer en campos, bosques y colinas. Me empapo del pueblo georgiano al cruzar pequeñas aldeas, entrar en antiquísimas iglesias y comprar en sus mercados. En estos días no conozco a nadie con el que cominicarme en una lengua que ambos conozcamos, todo es mediante gestos, muecas y sonrisas. Las vacas, caballos, burros, cerdos,ovejas, patos y gallinas son una constante. Suelen estar cerca de la carretera pastando sin que nadie los controle pero no suponen un problema, los conductores están acostumbrados encontrárselos en medio de la calzada. Debido al desconocimiento todo me parece ir muy rápido en los pueblos, aún asi logro comprar unos utensilios para cocinar decentes y a un precio de risa. El tiempo va a peor y el último día me he de refugiar de una tromba de agua bajo una cabaña de madera sin paderes, donde monto la tienda para pasar la noche.
A la mañana siguiente después de pedalear unos pocos quilómetros llego a Mtskheta y quedo anonadado de la belleza del pequeño pueblo. Con razón es patrimonio de la humanidad por la Unesco. Iglesias y catedrales también incluidas en la famosa lista se alzan en el poblado con calles empedradas rodeada de montañas y delimitada por ríos. Hago noche en casa de una anciana que alquila habitaciones por algo menos de diez euros en la plaza del pueblo con vistas a la catedral de Svetitsjoveli, donde tengo la fortuna de presenciar la visita de la máxima autoridad en la iglesia ortodoxa, un anciano octogenario. Tras mucho revuelo llega un coche de alta gama seguido por otros dos todoterreno a la puerta principal de la catedral. Me sorprende el dispendio entre guardaespaldas y coches de lujo para una ceremonia de una media hora. Hay gente de todas las edades. El poder de la iglesia en este país es más que evidente. A lo largo y ancho del país me he cansado de ver a mayores y jóvenes santiguándose y arrodillándose por el sólo echo de pasar por delante de un lugar sagrado en señal de respeto, obediencia y fe.
En Tbilisi tramito el visado para Azerbayán ya que me encuentro a menos de cien quilómetros de la frontera. Se nota que estoy en la capital. Edificios nuevos que parecen esculturas crean controversia. En lo alto, un antiguo castillo y su muralla. Puentes de diferentes épocas cruzan el río Kurá. Me recuerda a Batumi y sin duda no tiene nada que ver con el resto de Georgia, mucho más rural y humilde. Haciendo tiempo mientras el visado se formaliza conozco a unos españoles que trabajan en Suiza y están de vacaciones. Que alivio poder hablar cara a cara con fluidez, son los primeros españoles que conozco en este viaje.
Con el visado listo subo a la bicicleta y tomo la carretera equivocada. No es un error grave. Son unos 20 quilómetros de más por unas colinas. Una leve cortina de agua lo cubre todo y el verde de los campos se intensifica. Paro a tomar fotografías del valle que queda a mis pies y una extraña piedra blanca llama mi atención. Tiene algo diferente, el color, el tamaño y la aparente textura. No es una piedra, es un calavera humana. La dejo sobre una señal de tráfico por si a alguien se le ha perdido.
A escasos quilómetros de la frontera paro en un bar para entrar en calor. Me parece insólito que tengan wifi y no me cobran el te. Hoy no entro a Azerbayán, diviso un merendero a lo lejos y voy campo atraves hasta llegar a él. Estoy resguardado del chiribiri que cae y el pastor no vendrá hasta mañana.
5550 km – Poti – Senaki – Kutaisi –
Poti tiene el mayor puerto marítimo de todo el país. Decenas de caminones forman largas colas para cruzar el mar Negro en dirección a Rusia. Mientras las grúas del puerto descargan las mercancías de los barcos estacionados. Es un pueblo sin ningún atractivo turístico pero voy a ver a Demetre. Es amigo de un chico que conozco en Barcelona y habla inglés. Como se retrasa a la cita voy a dar una vuelta. Lo más significativo a parte del puerto es una enorme y recién estrenada iglesia. Muchas calles están sin asfaltar y la mayoría son casas de dos plantas con porche y unas escaleras que para acceder a la entrada en la segunda planta. Tienen un aspecto muy señorial a la par que viejuno y olvidado. Con unas pocas horas de retraso llega Demetre y su primo. En un Mercedes del 99 con cristales oscurecidos, grandes llantas, y unas luces de neón azul que iluminan el suelo del auto. Me dice que el coche es de un trabajador suyo. Demetre es de estatura media y complexión endomorfo. La parrilla frontal del coche está fuera de sitio, se le ha cruzado un perro en el camino y no ha podido esquivarlo. Es un tipo muy serio. Saco varios tema de conversación, trato de buscar puntos en común y no me da cancha. Ni una sonrisa y de vez en cuando mientras le hablo se pone a mirar el teléfono. Me tiene fuera de juego con esa actitud arrogante. Su primo es más sociable aunque el inglés no sea su fuerte. Al acabar de cenar, sin mediar palabra Demetre se levanta de la mesa y se va fuera a fumar. Previamente le ha dado un sobre a su primo que me pregunta si quiero café. Ante la negativa va directo a la caja. Estoy invitado, ni el camarero acepta mi dinero. Es obra de Demetre, al cual le doy las gracias al salir. Por lo que tenía entendido iba a dormir en su casa pero me llevan a un hotel en el cual ya me han reservado habitación. Al despedirnos Demetre le hace un gesto al primo y éste me mete el sobre en el bolsillo de la chaqueta mientras me dice: -no open, no open-. En la habitación lo abro y contiene un billete de 100 laris, unos 40 euros. En principio pienso que es para pagar el hotel pero a la mañana siguiente la recepcionista dice estar todo pagado. Entonces escribo a Demetre para preguntarle el por qué y me contesta que era para el desayuno. Ha sido todo muy extraño.
Dejo el mar a mis espaldas y sumo quilómetros. Lamentablemente la conducción en este país es la más peligrosa que he visto hasta el momento. No sólo en este viaje, en toda mi vida. Son pocos los que se preocupan de respetar una distancia mínima al adelantarme y la mayoría va a toda pastilla con coches de dudosa fiabilidad. Sería una estupidez tomárselo como un tema personal cuando ante mis ojos puedo ver en varias ocasiones dobles adelantamientos de coches en sentidos contrarios, lo que implica cuatro coches en batería en una calzada para dos. Aún así no puedo aguantarme algún improperio cuando me hacen temer por mi integridad. Al atardecer encuentro un maravilloso lugar donde acampar. Un gran campo verde, sin piedras y con hierba que me llega al tobillo. El resto de la tarde y la noche pasan tranquilas, contrastando con el día en la carretera. Por la mañana al asomar la cabeza fuera de la tienda tengo a unos caballos pastando alrededor de la tienda que al verme salen corriendo.
A 70 km está Kutaisi, la segunda ciudad más grande de Georgia y de gran importancia en el régimen comunista. A las afueras de la urbe hay un río y un frondoso bosque donde monto campamento. Aprovecho y visito la ciudad que exceptuando la plaza central y calles contiguas, el resto es igual que los pueblos que he ido cruzando pero con mucha más extensión. La segunda noche acampado se levanta un viento estremecedor que hace tambalear la tienda y las simpáticas ranas del río me deleitan con un concierto nocturno, benditos tapones de oídos!
5400 km . Batumi .
Tres pinchazos en 30 km a las puertas de Georgia hacen que cruce la frontera con la puesta de sol. Había visto en fotografías los atardeceres desde Batumi, Georgia y pensaba que sus autores habían echado mano del Photoshop y me equivocaba. El agua del mar es plateada y refleja como un espejo el tono anaranjado casi rojizo del sol. Es una preciosa bienvenida pero también significa que va a anochecer pronto y he de buscar lugar donde acampar.
En Georgia se permite el juego y la prostitución. Podéis imaginar cómo es entonces su ciudad fronteriza con un país en el que están vetados. Buscando sitio para poner mi tienda pillo en plena faena a una pareja o a una profesional y su cliente, quién sabe, no pregunté. A las afueras de la ciudad y delante de la playa encuentro un lugar resguardado del viento donde acampar.
Batumi es una de las ciudades más turísticas del país. Edificios llamativos y extravagantes se mezclan con casas señoriales de su época comunista. Las dos principales torres y símbolo de la ciudad están vacías en su interior. Casinos y esculturas doradas quieren enmascarar una realidad más ruda.
De nuevo la lluvia. Dirección Poti encuentro un antiguo colegio con el emblema de la URSS. Dentro aún quedan libros, libretas y algunos pósters. En frente hay un parque y una caseta de vigilancia en la que dos policías hacen la guardia de noche. Para que no se alarmen si ven mi frontal de luz en el edificio me acerco para presentarme. Se muestran amigables, tanto que preparo la cena en su caseta y comparto mi comida con ellos. El mayor está cerca de la cuarentena y trata de arreglar una pieza de su coche. Tiene un paño empapado con salfumán y lo va inhalando cada poco. Lentamente la expresión de su cara va cambiando. A la hora está totalmente colocado. El joven le ríe las bromas hasta cuando coge la máquina de descargas eléctricas y le hace el amago de picarle. Creo que es hora de irme. No quiero tener cerca la alforja con comida y utensilios para cocinar al dormir para no atraer a bichos o animales y me dicen que la puedo dejar en la caseta. A la mañana siguiente faltan las ollas, cubiertos y algo de comida. Es evidente que han sido ellos y los tengo delante. Al preguntarles el del salfumán se desentiende y marcha. El joven se hace el sorprendido y yo únicamente puedo revisar la caseta aunque evidentemente mis cosas estarán escondidas en otro lugar. Servirá de precedente.
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5320 km . Rize . Findkli . Arhavi
Los últimos cuatro días en Turquía paso por la zona más lluviosa de todo el país. Las nubes que llegan del mar Negro se encuentran con un muro de montañas a primera línea de costa y hay siempre una densa neblina en sus cimas.
Los dos primeros días la lluvia me pilla por sorpresa. No hay lugar donde pueda poner la tienda. A la izquierda la playa es de piedras y a la derecha se levantan las montañas dejando el terreno con pronunciada inclinación. Para cobijarme de la lluvia encuentro un chiringuito de verano cerrado con unas lonas con cremallera. Dentro tiene amontonadas tumbonas y sombrillas. Con la que está cayendo estoy seguro que nadie me molestará esta noche. Saco, tumbona y a soñar. Por la mañana me despierto al oír abrirse la cremallera. Son unos hombres que traen más mobiliario al interior de la caseta. Sigue lloviendo y a pesar de no hablar inglés me dan a entender gesticulando que me espere a que pare la lluvia. Por si acaso cuando se marchan recojo mis cosas y sigo el camino.
La llovizna persiste toda la mañana y por la tarde se oscurece el cielo. Mi ropa impermeable está a punto de llegar a su punto de colapso. Tras todo el día noto el cuerpo húmedo y frío. Oigo como el cielo truena avisándome y es entonces que veo »la casa encantada». Digna de una película de terror y que me mantendrá a cubierto.
Tan sólo a doce km esta el pueblo de Arhavi, ayer al meterme en la casa encantada no era consciente de lo cerca que estaba, de lo contrario hubiese continuado. Me encuentro con Esma y pasamos el fin de semana juntos mientras espero que llegue mejor tiempo. En la siguiente etapa entraré en Georgia.
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5130 km . Fatsa . Ordu . Trabzon
Cerca de Fatsa paro en las ruinas de un castillo a orillas del mar Negro. Monto la tienda y es realmente de película. El mar en calma, la puesta de sol, el castillo…tan bonito que me sorprenden una pareja de recién casados con algunos familiares y el fotógrafo. En Ordu me quedo en casa de una curiosa pareja, un turco y una lituana con un hijo de cuatro años.
Y finalmente llego a Trabzon. A poco km de la ciudad está el monasterio de Sumela. En autobús se tarda hora y media en llegar. Hay que subir hasta los 1200 metros de altura y está lloviendo. Esta vez dejo la bici en casa de Yigit hasta la vuelta.
El chófer del minibus es un hombre de mediana edad con serios problemas de concentración. No se si soy yo que he perdido el hábito de ir en coche o son las temeridades al volante del conductor pero me abrocho el cinturón. Tras unos minutos y como era de esperar, chocamos con un coche que se incorporaba. El hombre baja, pega cuatro gritos y vuelve al auto todavía más nervioso. La carretera serpentea la montaña y mientras subimos una espesa niebla lo cubre todo. Que maravilla de excursión. Bajamos del bus, caminata y afortunadamente al monasterio no lo cubre la niebla. De vuelta hacemos una parada para verlo desde la falda de la montaña. Parece imposible. Los demás entran al bar. Prácticamente ni se ve la montaña. Sigo un riachuelo y me paro a comer el bocadillo mientras miro de reojo el enorme banco de niebla. No tengo ninguna esperanza en poder ver el monasterio desde aquí en un día como hoy y eso es lo que hace tan especial este día. Una fuerte brisa de viento se levanta y disipa la niebla. Ahí está.
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4990 km . Termes
De nuevo en la carretera y sin más plan que mi destino final. Día soleado con algo de viento. Empieza a caer el sol y me desvío de la calzada principal en busca de la playa para acampar. Voy siguiendo un río y al llegar a la playa hay un campamento gitano y ningún puente para cruzar al otro lado. Vuelta atrás hasta cruzar el río. Nuevamente llego a la playa, esta vez del lado Este y monto el campamento deprisa porque ya casi no hay luz de día. Es una playa larga con malezas y sin edificios ni casas cerca. Las luces más cercanas son las de los gitanos a unos 5 kilómetros. Me preparo la cena con la linterna. Sopa aliñada con arena de playa.
Al rato llega el invitado sorpresa. Veo acercarse las luces de un coche. Se que no me ha visto porque estoy a oscuras. Es un todoterreno y va dando tumbos por la playa. Se acerca más y más y en uno de esos giros me enfoca. Ha sido muy rápido pero se que se ha dado cuenta. Entonces empezamos a jugar al ratón y el gato. Yo puedo moverme pero no tarda en pasar cerca de mi bici y la tienda. Para al lado pero nadie baja del coche y acto seguido el coche se aleja. Cuando ya cantaba victoria vuelve hacia donde estoy. Esta vez soy yo el que busco sus focos para tratar de aclarar que quiere o quieren. Por si acaso he cogido un largo palo de madera. Ya bastante cerca me ve, se para y cuando ando hacia él da media vuelta y se va.
Al meterme en la tienda mi cabeza empieza a inventar posibles hipótesis, pareja que han ido a darse el lote, amigos haciendo el cabra con el coche… sólo espero que no vuelvan.
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4940 km . Merzifon . Samsun
Merzifon es el típico pueblo turco con su bazar, mezquitas y salones de té. Lo mejor de todo es que no es un destino turístico y conserva la esencia de la Turquía más tradicional. Me quedo en casa de Engin, controlador aéreo militar. Por la noche hechamos un partido de fútbol con sus compañeros de trabajo y luego nos vamos a unos baños turcos del año de la castaña.
Camino a Samsun me paro a hacer noche en lo alto de una colina. Dormir en la tienda no es tan cómodo como una cama pero la sensación de libertad es inigualable. Y ya en la ciudad y para compensar los días que he dormido al raso mi anfitrión vive en un complejo de edificios nuevos de lujo. Menuda sorpresa y qué gozada. Hace unos meses ha abierto una franquicia de American Life escuela de idiomas y acompaño a algunos de sus profesores en sus clases. En Samsun se come el mejor Pide de toda Turquía, doy fe de ello.
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