Soy Germán G.R nacido en 1984 en Girona, España. Viajo en bicicleta. El cinco de octubre de 2014 salí de Sant Feliu de Guíxols rumbo al Este. Sin experiencia previa y cargado de dudas pero siguiendo mi instinto. En esta web escribo las crónicas de mi viaje.
4111 km
Dogancili a Kavakoz a Bozkoka a Hediyeli a Kadirna
Sile no es muy grande pero encuentro donde comprar un teléfono con cámara. Tiene una playa de arena muy grande. Sigo subiendo y bajando montañas para encontrarme con las playas. Me detengo en una pequeña aldea de unos 100 habitantes y conozco a Utkucan Saka. Es un joven universitario de Estambul que los fines de semana va al pueblo a ver a su familia. Tienen un supermercado. Ayer hicieron reunión familiar y tiene borek casero que me ofrece, además del té que nunca falta. Paseamos por el pueblo, me explica su historia, todos se conocen. Mucha gente marchó a Ankara o Estambul en busca de trabajo. Las casas son de estilo tradicional, de dos plantas y la de arriba más grande y de madera. Vamos a la mezquita, el imán del pueblo ha dicho que no compren en el comercio de su familia porque venden alcohol. Hace un día soleado y como me suele pasar me he entretenido demasiado. Sigo trepando montañas hasta que doy con una playa en Kavakoz. Hay un chiringuito de verano que está cerrado y el pueblo queda a unos dos kilómetros hacia el interior. Estoy solo. Por fin solo con el Mar Negro. Preparo la tienda mientras anochece y hago una pequeña hoguera. Se levanta un poco de viento pero el mar está en calma. Es una playa de arena clara, con troncos y algunos envases que las mareas han traído a la orilla. Duermo de maravilla.
Por la mañana una misteriosa niebla ha invadido la playa. Hace frío y todo está húmedo. Recogo rápido y me pongo la ropa de lluvia. Al llegar al siguiente pueblo costero la playa es un espectáculo natural hermoso. Las olas entran en la bahía rompiendo sus crestas y llegan a la playa ya sin fuerza. El viento sopla y unos nubarrones negros se acercan hacia tierra firme. Las tonalidades del mar van cambiando a medida que las nubes se aproximan. Pedaleo hasta el faro y el viento me bambolea. Ante la que se avecina decido seguir el camino y buscar refugio lo antes posible. Tras unos kilómetros encuentro unas casas en obras inacabadas con apariencia de estar así hace muchos años. El acceso es algo complicado por la maleza que ha crecido en el recinto. Empieza a llover así que hoy haré noche aquí. Busco madera y hojas secas para hacer fuego y calentarme, empieza a hacer frío de nuevo. Estamos a unos 5 grados. En la oscuridad de la noche me doy cuenta de mi error. La hoguera ilumina la casa y al estar en un valle completamente sin iluminación todos los autos que pasan por la carretera se percatan de mi presencia. Espero a que queden las brasas para acostarme. Varios coches han aminorado la marcha al ver el fuego. Voy a dormir intranquilo.
Sin haber descansado bien prosigo el camino. Voy en busca de la D220 para evitar estas carreteras de pendientes endemoniadas. Está lloviendo. Cuando encuentro la susodicha vía es un placer rodar por ella. Las subidas y bajadas no cesan pero ya no me obligan a bajarme de la bici para empujarla cuesta arriba. Tras 50 kilómetros y a pesar del traje de lluvia estoy mojado. Cuando dejo de pedalear el frío se apodera de mi. De nuevo he de buscar refugio ya que si acampo en la tienda tengo números de ponerme malo. Después de varios intentos fallidos doy con una antigua tienda en desuso. Hay un par de casas cerca y pregunto si podría pasar la noche allí. No parece importarles. Estoy feliz de tener cuatro paredes y un techo. Me cambio la ropa mojada, junto dos mesas y pongo encima la esterilla y me meto en el saco para entrar en calor. Es un local de unos 15 metros cuadrados con estanterías con pegatinas de precios y pósters de alimentación del año de la cataplum.
A la mañana siguiente al salir del local dos enormes perros me dan un caluroso buenos días mostrándome los dientes y bajando las orejas. Les tiro el trozo de pan que estoy comiendo a ver si se lo comen y eso aún les enfurece más. Les entiendo, estarán pensando quién es ése, nunca le hemos visto. Me voy alejando y dejan de seguirme. Hacía sol pero vuelve a llover y hay pronóstico de nieve. En cuanto llego a Kadirna, el pueblo más grande de la zona, busco su único hostal resguardo a esperar la nevada.
4045km
Anandolu kavagi a Anadolufneri a Dogancili
Tengo que encontrar un sitio para comprar un teléfono con cámara. No va a ser nada fácil y a medida que avanzo será más complicado. Los pueblos que encuentro tienen el salón del té de los hombres y un pequeño supermercado. Nadie habla ni pizca de inglés. Los ingenieros de puentes y caminos no se partieron la cabeza para hacer las carreteras. Simples linias rectas, da igual que sea una montaña con una pendinte del demonio. Pero lo más gracioso es que luego entre pueblos has de dar tremendos rodeos.
Hago uso del recién llegado GPS. Trato de familiarizarme con él. Es un gps de trekking, no me lleva a ningún sitio pero si que me muestra el mapa y mi ubicación. Las carreteras en bases militares no transitables no están marcadas como tales en el gps. Esto hace que pierda el rumbo y cuando me trato de orientar me doy cuenta que mi percepción norte sur está del revés. Pasado un pequeño pueblo hay una zona verde con unas bbq y una cabaña de dos plantas muy pequeña. La parte de abajo es una cocina, aparentemente para quien venga a hacer bbq y está cerrada. Unas escaleras de madera de pintor me permiten subir arriba. Hay una pequeña puerta atada con un cordel a un clavo para que no se abra con el aire. Repito «merhaba» varias veces y nada. Abro la puerta. Es una buhardilla de unos 10 metros cuadrados con un colchón en el suelo y ropa por encima.
Muy tentador pero parece que alguien duerme ahí. En frente de la cocina hay un pequeño porche en el que con varios troncos y una lona que tengo improviso una barrera para viento, agua o animales curiosos. Dejo la bicicleta bien visible por si llega alguien no se asuste al verme. Es pequeño valle al lado de la carretera rodeado de bosques. No hace frío. Me preparo sopa, limpio la bici y me meto en el saco sobre las ocho.
Cuando me despierto tengo la cara húmeda. Son las tres de la mañana y una alucinante tormenta eléctrica está sacudiendo las nubes. Las gotas salpican en la lona y me mojan la cara. Cada poco todo se ilumina con luz blanca y al rato cruje el cielo. Me asomo de nuevo a la buhardilla y no hay nadie. Me entran muchas ganas de meterme dentro pero realmente no es necesario.
Afortunadamente amanece soleado. Me he estudiado la ruta con el gps. Hoy no me pierdo. El plan es llegar a Sile y acampar en la playa. Tal vez allí encuentre donde comprar un teléfono. La tónica de carreteras con pronunciadas pendientes se mantiene. Cuando llego a la cima de la montaña puedo seguir con mi vista la carretera y ver como ésta baja y vuelve a encaramarse en la siguiente montaña. Avisto el mar negro a mi izquierda cuando estoy en puntos altos pero no hay vías para acercarse hasta que llego a Riva y por fin piso la playa. Sigo sin cámara así que no puedo mostrados ninguna imagen. Es una playa dividida por la desembocadura de un río. La arena forma pequeños montículos con vegetación y el mar está tranquilo. Es una playa grande y abierta. En la zona más oriental está el pueblo de Riva. Paro a tomar té y cae una tromba de agua. Esta vez no me has pillado. Mientras hablo con unos chicos del local escucho unos estruendos fuertes y secos. Pienso que serán truenos por la lluvia. Mi sorpresa viene cuando veo que a la otra orilla del río, en la zona más occidental de la playa, es terreno del ejército y están haciendo maniobras con artefactos explosivos.
La parada me ha llevado tiempo y me detengo en un hostal que encuentro en Dogancili. Negocio el precio y por unos diez euros tengo habitación.
Mañana en Sile espero encontrar una tienda de teléfonos con cámara.
3994 km
Estambul a Anadolu Kavagi
La burocracia turca en Estambul ha sido desesperante. Veinte pasos distintos en nueve oficinas distintas para que me dieran el paquete enviado desde España. En ocasiones se trataba de que me pusieran un simple sello o una firma sin tan siquiera mirar de que se trataba. Para mas inri nadie hablaba inglés y suerte de Astrid, que chapurrea algo de turco. Lo peor de todo es que se trataba de un error por su parte en la tasación para pagar las taxas y la única manera de obtener un paquete que debería llegarme al domicilio era hacer esta estúpida y larga gincana. Pero ya está, tengo el paquete!
Me ha llegado un GPS Garmin Edge 20 y un localizador Racetracker cortesía de GAES centros auditivos. Además mi familia me ha enviado una tableta que me vendrá de maravilla para hacer el blog. Monkeyonthebike ha mejorado significativamente su nivel tecnológico!
Hasta ahora todo lo gestionaba desde el smartphone, un Samsung Galaxy S5. Me ha servido de teléfono, de gps, de cámara fotográfica y de ordenador para hacer el blog. Me ha dado un resultado excelente pero tiene sus limitaciones. Una batería que no dura más de 12 horas y en muchas ocasiones las situaciones meteorológicas no son las propicias para sacar el móvil.
Reemprendo la marcha. Cruzo el mar de Mármara por el metro subterráneo y subacuático ya que los ferris están cerrados por temporal de viento y oleaje. La manera más fácil de ir hacia el este es la carretera D220 pero decido seguir el Bósforo con la intención de ver playas y simplificar la orientación. El estrecho quedará a mi izquierda y tan sólo he de seguirlo hasta el mar negro. A la hora de estar sobre la bici empiezo a percibir que no ha sido una decisión acertada. No hay ninguna carretera que siga la costa en linia recta. Son montañas a las orillas de Bósforo y tras escalarlas suelo tener que desviarme hacia el interior porque esta repleto de recintos militares que me hacen serpentear sin sentido. Las rachas de viento son terribles. Me detienen casi al completo en medio de las bajadas y me bambolean a su merced. Paro a tomar un té en un bar-cabaña al lado de la carretera y las ráfagas hacen estremecer los tablones de madera. Hoy tengo que acampar pero si sopla así la tienda no aguantará mucho. Tras el descanso la carretera se adentra en un bosque con una inclinadísima pendiente. Avanzo despacio frenando y con un pie fuera del pedal. De golpe y porrazo unos fuertes silvidos y empiezan a zambalearse las copas de los árboles. Algo golpea el manillar de mi bicicleta y cuando me doy cuenta están lloviendo piñas de los árboles! Suelto frenos y «campi qui pugui». La escena es de película. Veo como caen piñas, la pinaza revolotea y la carretera está invadida por ramas y hojas. Bajo hasta llegar al nivel del mar y nuevamente me topo con una base militar. De una buena me he salvado, pienso. Es entonces que miro de orientarme y no encuentro el móvil. Recuerdo haberlo puesto en el soporte del manillar tras la parada del té. Y me ilumino. El fuerte golpe que noté antes en el manillar probablemente fuera una piña y me habrá hecho saltar el móvil con soporte incluido. Media vuelta.
El viento ha aminorado. La pendiente es inhumana. Subo unos diez minutos hasta que dejo la bicicleta candada a una señal y sigo a pie. Que rápido he bajado y que lento subo. La carretera es un mercadillo de piñas, ramas y hojas. Oigo el motor de unos quads acercándose. Les hago señas y me subo a uno de ellos. A unos 500 metros más arriba encuentro el cadáver de mi querido teléfono. La funda se ha hecho trizas y el móvil además de tener la pantalla hecha trizas también tiene forma de cuchara por lo intuyo que algún coche le habrá dado el estoque final.
Qué paradoja. Me espero durante dos semanas a un paquete con tecnología y cuando lo recibo, una piña cae encima del teléfono y lo deja pajarito.
Lo más fastidioso es que me quedo sin cámara fotográfica y motivo por el cual esta entrada no tiene fotografías.
En fin, hay que seguir. Llego a Anadolu Kabagi y me encuentro con una subida que me hace bajarme y empujar la bicicleta. Estoy en el castillo de Yoro. Tiene una vista sensacional del Bósforo pero debido a su privilegiada vista de águila también le azota el viento sin piedad. Recorro las ruinas y doy con un bar veraniego cerrado por temporada, en frente hay una caseta con las paredes de lona con cremallera. Asomo la cabeza y dentro hay parasoles y mesas amontonadas. Es un refugio sin igual. Son las cinco y cae el sol. Meto la bici y saco el fogón. Leche caliente y miel. Qué sorpresa cuando descubro que un poco más arriba hay un restaurante y eso hace que por delante de la caseta pasen todos los clientes. Trato de no hacer ruido y no encender la linterna. En un descuido un gato se ha zampado el embutido que dejé sobre la bici. El viento sacude las lonas y cuesta conciliar el sueño. Me pongo los tapones de los oídos y el gorro que me tape las orejas. Y así, medio sordo, me es fácil quedarme dormido.